01 julio 2012

Camarón sigue con sus admiradores


Camarón de la Isla fue un príncipe gitano. Y como tal apareció, sobre una carroza, el día de su boda con Dolores Montoya, La Chispa, en la Línea de la Concepción. El espectacular festejo contribuyó a alimentar la leyenda de José Monge entre los calés. Series interminables de cantes y bailes se sucedieron hasta la eternidad. Paco de Lucía, un Tomatito aún adolescente, el cantaor Antonio El Rubio, Manuela Carrasco (madrina de la boda) y muchos artistas más aparecían en el reportaje del convite que hizo José Lamarca, el único fotógrafo que tuvo acceso a la ceremonia y autor de los grandes retratos de Camarón en su época de mayor esplendor. 
José Monge ha sido un artista excepcional y la enorme herencia que ha legado aún está por valorar. Hay que aparcar la imagen devaluada de su arte que ofrecen muchos autodenominados camaroneros, seguidores fanáticos y, en general, bastante limitados, que tienen muy poco que ver con su supuesto modelo. 

Él fue un artista realmente muy grande. La timidez y parquedad de palabras características de Camarón escondían una desbordante inteligencia natural para la música y una capacidad creadora muy poco común. Y sigue vigente 20 años después de su muerte, aniversario que se cumple mañana. 

«Por derecho», José Monge cantaba con el sabor más rancio posible. Pero, además, comenzó a aliñar su estilo con los matices que su privilegiado oído pescaba en otros caladeros musicales y que, inmediatamente, quedaban absorbidos e integrados en su fagocitadora personalidad artística. Todo lo que Camarón cogía, lo hacía suyo y, desde ese momento, comenzaba a sonar sólo a él. 
Al final de su carrera, el nombre del gitano de la Isla desataba pasiones. Aunque llegó al gran público casi exclusivamente gracias a lo más rítmico y fácil de asimilar de su repertorio: tangos y bulerías, palos que nunca perdieron hondura en su enduendada garganta. 

Pero el éxito comercial de Camarón -era el cantaor que más cobraba por gala y gracias a él subieron los cachés de sus compañeros- no se tradujo en la acumulación de una gran fortuna personal. Siempre mantuvo una relación distante y fría con el dinero. Lo dilapidó festivamente con su familia y sus amigos, y nunca hizo nada con lo que no estuviese de acuerdo para conseguirlo. Cuando sólo tenía 13 años y actuaba en las reuniones privadas de la Venta de Vargas, tenía el camino suficientemente claro y dignidad más que sobrada para negarse a cantar a los señoritos que hacían ostentación ofensiva de su poder económico. 
Al contrario, ya considerado un icono dosificaba mucho las actuaciones sobre los grandes escenarios. Siempre prefirió la reunión íntima, con su gente, y escuchar con atención a todo el que cantaba. Cualquier detallito personal le interesaba. Ha habido pocos flamencos tan aficionados como él. Era, sobre todo, un enamorado del cante. 

No quiso someterse a ninguna tiranía laboral ni social, pero cayó en las redes de la heroína, que, durante las dos últimas décadas del pasado siglo, hizo verdaderos estragos entre los jóvenes flamencos. Consiguió desengancharse de ella, y al final, cuando sólo le quedaba la adicción al tabaco, su cuerpo castigado le pasó factura. La lucha por salir adelante y su doloroso mundo interior quedan reflejados, de forma elocuente, en la letra de una estremecedora seguiriya por bulerías (insólita síntesis flamenca que sólo podía haber salido de su cabeza y su garganta privilegiadas) incluida en el disco Soy gitano: Dicen de mí que me amenaza el tiempo,/ dicen de mí que si yo estoy vivo o muerto./ Y yo les digo, les digo:/ mientras mi corazoncillo hierva, venceré a mi enemigo. 

El último disco de José, Potro de rabia y miel, tardó en registrarse casi año y medio, debido a los constantes altibajos de su salud. Según los técnicos, la voz de Camarón presentaba distintos colores en el material recogido, dependiendo de sus vaivenes físicos. 
Cuando se daban los últimos toques a la grabación, tuvo que ser hospitalizado en la clínica Quirón de Barcelona. Posteriormente, viajó al Mayo Medical Center de la ciudad norteamericana de Rochester (Minnesota), donde también fueron tratados el tenor José Carreras y el banquero Pedro de Toledo. Volvió a España con mejor aspecto físico, pero el cáncer de pulmón avanzaba y acabó por devorarlo precipitadamente. Falleció el 2 de julio de 1992. 

Camarón actuó por última vez, en Madrid, el 25 de enero de ese año, en el Colegio Mayor San Juan Evangelista. Lo hizo y de forma gloriosa, vaciándose en cada tercio. Secundado, cómo no, por Tomatito. Pero al final perdió la batalla contra sí mismo.

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