04 agosto 2012

Un futbolista para el CSI

Se evadía del ambiente de delincuencia y droga de su barrio leyendo libros policiacos y pateando un balón. Sufrió acoso psicológico en su Argentina natal antes de triunfar en el equipo de Del Nido. Fuera del campo, sueña con investigar sucesos cuando se retire. Acabada la Liga, este héroe normal espera disputar con la selección de su país la inminente Copa América. por Javier Caballero fotografía de Chema Conesa

Con frecuencia, las metafóricas crónicas futboleras hablan de los expeditivos métodos de "defensas criminales", jugadores carentes de técnica que para detener al rival o evitar goles echan mano (y pie) de recursos poco menos que "asesinos".

No obstante, hay un fino jugador de elite que, además de evitar piernas como hoces gracias a su habilidad, sería capaz de, llegado el caso, analizar la escena del crimen, del penalti, de la falta flagrante, de esa entrada a la altura de la pantorrilla. Dotado de perspicacia, observación, deducción lógica y moderna tecnología, fotografiaría las huellas en el césped; acotaría marcas y abrasiones; enfocaría sus pupilas sobre rastros y transferencias de ADN.

Maestro del balompié y aprendiz de CSI, Diego Perotti corre fulgurante la banda izquierda del Sevilla F.C. y se sienta paciente en el aula entre montañas de apuntes para estudiar postgrado de Criminología en la Universidad de la capital hispalense. Simultanea balón y libros, en una rara avis emigrada de Argentina hace ya cuatro años. No es lo único ni será el último de los futbolistas que hinca los codos (la Asociación de Futbolistas Españoles concedió 500.000 euros el año pasado en becas de estudio a 952 afiliados), pero se trata de uno de los escasísimos consagrados a la disciplina del microscopio, las pesquisas y el laboratorio.

Hasta llegar a sumergirse en su pasión académica -sin despistarse de su vocación balompédica-, Perotti deja atrás una vida morrocotuda. Nacido hace 23 años en Moreno, localidad a 40 km al oeste de Buenos Aires, Diego prefería leer y patear el balón mientras otros muchachos se embadurnaban el hocico con bolsas llenas de pegamento. "No tiene mar, ni río, ni nada. Una guía de viajes diría de Moreno: 'No vayan. Y si van, vayan armados'", aconseja mientras ordena una Coca light en un restaurante del sevillano barrio de Los Remedios.

ATRACADO. Palabra comedida y ropa deportiva sin ostentaciones, en su mirada profunda y sus perfectos modales se trasluce un pasado forjado por vaivenes familiares y emocionales. La ferroviaria ciudad donde vino al mundo sólo despunta en las estadísticas por su altísima tasa de criminalidad, campo abonado para atracadores y buscavidas. "Hace unos cuantos años entraron en mi casa unos tipos y nos amarraron a mi hermana y a mí. No, no iban armados. Cogieron un cuchillo de la cocina y se llevaron lo que pudieron. Estaban borrachos o drogados", evoca el platense sin pizca de drama en sus palabras. Mientras atracos e inseguridad se apoderaban de la noche, novelas y libros policiacos eran devorados por Diego al caer el sol. Su mamá, Delia Almeira, una profesora de Educación Física en un instituto de la localidad, le procuraba todas las lecturas que pedía, sabedora de que una buena instrucción pedagógica rearmaría a su pibe en el duro camino del porvenir.

PESADO APELLIDO. Por vertiente paterna, la circunstancia de que Diego fuera hijo de un mítico jugador de Boca Juniors-Hugo El Mono Perotti- nunca alfombró su camino a la cumbre ni se tradujo en un trato de favor por cuestiones de apellido. Al contrario, supuso una carrera de lágrimas. El padre, fino y guapo delantero que hizo diabluras junto a un tal Maradona en los 80, se largó de casa dejando un divorcio triste. Los estragos colaterales los vivió Diego como otra piedra más en el camino. Siendo un renacuajo, recaló en la cantera de Boca con la ilusión en la mochila. Desgraciadamente, casi todos los días regresaba al hogar empapado en llanto.

Sin edad para asimilar, erosionaron su orgullo de un modo cruel, injustificado. Porque nadie confiaba en que ese niño enclenque se ganara las lentejas en el exigente fútbol argentino como sí había conseguido su progenitor. Le dijeron no y no, y mil veces no con tacto de paquidermo. Sufrió mobbing, acoso de compañeros y entrenadores. Maltrato lo llaman. "Llegué a Boca con 12 años y estuve hasta los 14. Fueron dos años de calvario. Todos los días sentía que era un fracasado", evoca con pena.

En contraste, su formación académica progresaba adecuadamente, siempre con la nariz inmersa en libros de detectives y fantasías míticas como El Principito, los flashback reveladores de CSI o Bones y dolencias raras resueltas por el doctor House. Así arribó, con la cabeza llena de pájaros literarios y negrísimas tramas de cine, al Instituto de Secundaria Seminario Francisco, en La Reja. Y así se matriculó en Psicología en la UBA (Universidad de Buenos Aires) en la cercana localidad de Merlo. "Yo quería hacer criminología, pero no la cursaban. No tengo problemas de concentración ni de lectura por muy grandes que sean los tomos, y la psicología era un buen primer paso", explica.

Antes de adentrarse en el campus, había probado por muchos clubes (San Lorenzo entre ellos) coleccionando negativas. Rebotado y casi desesperado, dio con su fibrosa anatomía en el Deportivo Morón, un escuadra de la segunda división y a cuyos jugadores apodan "los gallos". Corría el verano de 2006. De Morón no saldría sin plumaje ni cacareando tirar la toalla, como reza el dicho.

Un año más tarde y tras una temporada brillante, alguien se cruzó en su camino. Con unos informes positivos sobre la mesa, el avispado Sevilla F.C. se lo traía a España, arrebatándoselo al Atalanta italiano. Costó 200.000 euros comprar a un embrión de estrella. Hoy, tiene una cláusula de rescisión de 48 millones para espantar el interés (real) del Real Madrid. "Lo conocimos través de un socio partner nuestro en Argentina, Eduardo Gamarnik, y contrastamos los informes con Víctor Orta, de la secretaría técnica del Sevilla, que ya lo conocía bien. Así apostamos por él y recaló en España", rememora en su oficina Álvaro Torres, uno de los directores de la agencia You First Sports, empresa de marketing deportivo que representa al muchacho. "Es extremadamente maduro para su edad, para las emociones positivas y negativas. No es egocéntrico, pero tiene la ambición de ser mejor y no se conforma con nada. Sólo había que gestionar ese hambre de éxito, esa predeterminación en todo lo que encara", analiza Orta, que subraya el carácter perseverante, solidario y alejado de divismos de Diego.

Afectuoso y familiero, como dicen en su tierra, aterrizó en Andalucía acompañado de su madre. Hacía un calor terrible en agosto de 2007, más tórrido aún si traes el invierno austral en la maleta. Vivieron ambos un par de meses en el hotel Meliá Lebreros hasta encontrar un piso idóneo que ahuyentara la nostalgia. Lo encontraron en Nervión, a escasos centímetros del estadio Sánchez Pizjuán. La madre marchó y él aprendió a poner la lavadora, a ir a su adorado cine, a mezclarse con la gente del barrio...

ALTA NOTA MEDIA. En lo deportivo, esquivando miedos iniciales, empezó jugando en el Sevilla Atlético, hasta que en 2009 dio el salto al primer equipo de la mano del míster Manolo Jiménez (hoy en el AEK griego). Desde entonces, miel sobre hojuelas. Titular, figura del equipo, progresión y margen de mejora brutal y convocado por la Selección argentina (con la que espera participar en la Copa América que se celebra en su país). Y todo ello, sin perder el hilo de la vida docente.

Imbricada con la rama deportiva, hubo farragosa burocracia para convalidar expedientes impolutos con una nota media de 8 y medio; hubo horas de estudio para pasar el examen de acceso universitario en Sevilla; hubo y hay determinación de mula para no cejar en el empeño y poder colgar, algún día, en la pared el título de criminólogo. "Me encantaría, una vez retirado dentro de muchos años, participar en una investigación profunda, así, en equipo", arguye.

Casos abiertos no le faltarían, de acá o de allá. Aún está por esclarecer en Argentina el brutal asesinato de María García Belsunce, en 2002. "La mataron en su casa, vivía en un country [urbanización] cerca de Buenos Aires, de varios disparos. No se sabe aún si fue el marido o el hermano... Fue una conmoción terrible, pero allí la gente no se manifiesta, no sale a la calle como en el asunto de Marta del Castillo. Es normal que alguien desaparezca y aparezca muerto. Es lamentable, pero es algo a lo que hemos llegado a acostumbrarnos", explica quien tiene una especial predilección por la asignatura de Métodos y Técnicas de Investigación. "La hacen muy llevadera. Hay otra parte de más lecturas como Psicología criminal. Sigo en primer curso, porque he perdido muchas clases debido a los entrenos y las concentraciones", lamenta, al tiempo que añade sin dudar que "el peor crimen fue el Corralito, sin comparación alguna con cualquier crisis que se viva ahora. Fue, de un día para otro, quedarse sin nada".

HÉROE NORMAL. Henchido, pleno al fin en las dos disciplinas que le fascinan (fútbol y lecturas), acaba de mudarse al barrio de Viapol. Sigue con la misma rutina y la fama aún no le incomoda. "Es algo secundario y relativo", ataja.

La naturalidad guía sus 179 centímetros. En los oídos, música del grupo argentino Callejeros, de Ricardo Arjona y cumbia para momentos de más frenesí. Idolatra a Johnny Depp y la nostalgia la combate devorando medialunas, un pastel aquí infrecuente y que le traen desde una pastelería argentina de Majadahonda.

Diego podría rastrear el aroma cuando los bollos embarcan en el AVE de Atocha camino de Santa Justa. Del mismo modo que detecta el aroma de las ricas creaciones gastronómicas de su novia Julieta, una chef en ciernes y que pronto se reunirá con él para planificar vida en común. Mientras espera, costillares en algún restaurante y pizzas de la cadena Sloppy Joe. También cenas con su amigo del alma, Emiliano Armenteros, hoy jugador del Rayo Vallecano. A este héroe normal, más cerca de Iniesta que de Cristiano Ronaldo, sus compañeros de equipo una tarde le sorprendieron con otra invitación. Le llevaron a los toros, La Maestranza, de plena feria en abril. Se fue en el segundo de la tarde. Aquello le pareció un crimen.

1. ESTEBAN GRANERO. Madrid (1987). Al centrocampista del Real Madrid le apodan El Pirata, pero también podría ser "el psicólogo", por cursar esta disciplina en la Universidad Camilo José Cela de Madrid. Sucede a otros estudiantes merengues como Sanchís o Butragueño.

2. IVÁN MARCANO. Santander (1987). También le gusta la física, pero de momento se afana con la Ingeniería en Telecomunicaciones. El defensa zurdo del Getafe ha tenido que pedir permiso a un estupefacto Míchel (su entrenador) para no perderse ni un examen.

3. TONI DOBLAS. Sevilla (1980). Casi todos los futbolistas de elite coinciden: la prensa es un mal necesario. Pero el portero del Zaragoza se ha sacado la carrera de Periodismo y ya ha hecho sus primeros pinitos en crónicas y reportajes. Su Twitter es muy seguido.

4. JUAN MATA. Burgos (1988). Junto a otros colegas como Diego Rivas, Antonio López o Miguel de las Cuevas, el campeón del mundo e interior del Valencia C.F. se matriculó en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte, por la Universidad Camilo José Cela.

5. GUILLEM BAUZÁ. Palma de Mallorca, (1984). Uno de los casos más atípicos. Renunció a jugar en clubes españoles para hacerlo en Reino Unido (en las filas del Northampton Town, de la First Division) y así aprender inglés y poder estudiar e investigar Medicina Genética.

No hay comentarios:

Publicar un comentario