28 octubre 2012

Se baja el telón y acaba la historia


Llega el final de la historia y los sufridos abonados que asientan sus posaderas en la colmenareña piedra -así lo escribiría «Don Pío»- de la plaza de Nuestra Señora del Falso Mudéjar pueden descansar en paz. A lo largo de esta comunicación -para mi preciosa- que hemos sostenido durante cuatro semanas, he procurado hablar poco de los espadas que se vistieron de luces en las Ventas del Espíritu Santo, porque ni soy crítico, ni quiero serlo, ni entiendo de toros lo suficiente como para dictar sentencias.

Sin embargo, como simple aficionado, como espectador que ha visto -y a veces sufrido- muchas corridas de toros quisiera subrayar pequeños detalles que me han inquietado seriamente. Por ejemplo, Roberto Domínguez -un gran torero en mi opinión- confirmó la alternativa de Fernando Lozano, que se la jugó de verdad y que triunfó, con la espada de palo. Muy mal está que los matadores de toros no sean capaces de sostener la herramienta que les da nombre, pero ya roza lo ridículo el que reciban un estoque de madera, en día tan señalado, de manos del padrino, como si fueran héroes de papel.

Este espanto se repitió con Julio Robles -otro gran torero- que entregó el palo a Fernando Cámara, que puede ser también un notable matador de toros. Por otra parte, los viejos aficionados a la piedra colmenareña de Nuestra Señora del Falso Mudéjar, han podido observar que los diestros que hoy se visten de luces -salvo excepciones- desconocen su oficio. Y como ejemplo vayan estas dos gemas, que en el fondo son la misma piedra.

El domingo día tres, con los Pablo Romero, dio un mitin una de las cuadrillas. Creo que fue en el quinto, que se quedó sin banderillear, por falta de recursos de sus banderilleros, que ni eran capaces de entrar al toro, ni de resolver su problema. Dice la biblia taurina -es decir el «Cossío»: «Las media vuelta es la forma más antigua de clavar banderillas, y aunque hoy se considera como suerte menos lucida y de recurso, antes era el medio normal de clavar, y el hacerlo con perfección tiene su mérito».

En la corrida de Domecq del día uno, el valiente -y su valor bien probado está- «Niño de la Taurina» pasó muchas fatigas al entrar a matar a un toro difícil, sin enterarse o sin que nadie le enseñara que, también a la media vuelta, se matan los toros, aunque el público -el ignorante- se encrespe. Se lo oí comentar a un maestro -Luis Miguel Dominguín- el día de la presentación del libro de Andrés Amorós, «Lenguaje taurino y sociedad», que de paso les recomiendo a ustedes. Decía Montes, refiriéndose a este recurso: «Puede usarse sin que padezca en nada la reputación del diestro que lo ejecuta». Yo creo que es muy importante ir a la escuela y aprender las mil formas que hay de lidiar a un toro, y no quedarse en tres o cuatro. A ver si esto se arregla el año que viene.

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