12 enero 2013

Bertolucci vuelve a su país

Bernardo Bertolucci está de vuelta en su país. Después de quince años consagrados a lo que algunos llaman su «trilogía oriental» -un cortejo de bellas producciones típicamente hollywoodienses con el fasto de El útlimo emperador, El cielo protector o El Pequeño Buda-, el «enfant terrible» y prodigio del cine italiano, el único cineasta europeo que adquirió, hasta ahora, una notoriedad y una dimensión económica realmente mundiales, ha vuelto a su Italia natal para rodar una película intimista y absolutamente misteriosa, que lleva por título Stealing Beauty.

Ha vuelto y ha asentado sus reales en la Toscana, en el corazón de la región de Chianti exactamente, en las alturas de Siena, en un paraje que discurre entre viñas y pinares, hasta desembocar en una colina pelada. En la cima, la quintaesencia de la masía toscana.

En realidad, Bertolucci se encontró con un montón de ruinas abandonadas y convertidas en establo de animales, pero inmediatamente las mandó reconstruir, maquillar y adecentar a toda prisa por necesidades del rodaje.

Tanto el paraje elegido como las tierras de los alrededores, pertenecen a un señor del vino, el barone Riscoli, cuyo castillo feudal domina el paisaje.

El conjunto, paraje y arquitectura, es pura y simplemente irresistible y Bertolucci tiene que hacer grandes esfuerzos para no caer en la tentación de comprarlo: «Me vuelve a suceder lo mismo que me ocurrió durante el rodaje de La Luna. Quedé enamorado de la casa donde habíamos rodado la película y, como sabía que el propietario quería venderla, le dije que le pusiese precio. Me respondió: "No hay ningún problema, para usted es el doble del precio normal". Y es que estimaba que, después de haber rodado en ella, se había revalorizado, lo cual me perjudicó».

Excepto estas consideraciones, hechas de pasada, Bernardo Bertolucci es inasequible a cualquier tipo de entrevista, porque la tradición postula que el plató, el lugar sagrado, imposible de violar, es el último lugar para importunar a un director.

«Como puede suponer, no puedo hablar de la película mientras no haya terminado de rodarla. Por ahora, lo único que puedo decir es que la película presenta a una joven mujer de la que estoy seguro que, en un futuro próximo, todo el mundo oirá hablar de ella».

Esta joven mujer es Liv Tyler, una incandescente bomba de frescura y de sensualidad, que ya ha hecho sus pinitos como «Lolita» en algunos videoclips.

La actriz, hija del líder de Aerosmith, interpreta un guión de la prestigiosa novelista americana Susan Minot, cuya historia podría ser perfectamente su retrato, sentimental y un poco alocado. Sólo podría, porque en el universo bertolucciano nada es seguro, amén que el cineasta se esfuerza siempre por aumentar los secretos que impregnan su película. De hecho, ha hecho circular la consigna entre todo su equipo de que nadie cuenta nada de la historia que se desarrolla en Stealing Beauty. Porque si se resumiese la esencia de su película diciendo, «es una película sobre una joven y bella virgen» -lo que no sería falso-, quedaría sensiblemente reducido su alcance. El riesgo estriba en esquematizar en un cliché «blanco y negro», demasido vulgar en relación con lo que aquí se está rodando. Y eso entristecería mucho a B. B., que se afana precisamente en trascender esta interpretación literal con todas sus fuerzas.

¿Cómo? A través de la puesta en escena, si juzgamos por unas cuantas secuencias que pudimos presenciar. Digamos que se trata de una puesta en escena extremadamente subjetiva, en la que la cámara baila y acaricia a Liv (presente en casi todos los planos de la película), como si se tratase de su ángel de la guarda, un ángel con esa pizca de deseo inevitable, sin el que B.B. no sería Bertolucci. Una cámara si no voyerista, sí indiscreta o, al menos, muy íntima, casi humanamente presente.

Stealing Beauty aborda la historia de Lucy, una joven americana que vuelve a la Toscana, a casa de unos amigos, con la esperanza de volver a ver a un chico al que conoció cuatro años antes, cuando estuvo aquí de vacaciones con su madre. En el tiempo transcurrido entre el primero y el segundo viaje, su madre se suicidó y Lucy, sin buscarlo realmente, se encuentra en el centro de un tablero de ajedrez sentimental complicado. A su alrededor pululan muchos adultos, brillantes y tenebrosos, que la observan con codicia y con circunspección. Unos adultos que son todo un número. Entre ellos, está un escritor víctima de una enfermedad incurable (Jeremy Irons), un viejo crítico de arte extravagante (Jean Marais), un pintor irlandés (Donald McCann), su intrigante mujer (Sinead Cusack) y algunas otras gracias ambiguas, como Stefania Sandrelli.


Pero un segundo nivel se superpone a esta trama novelesca. Todo apunta en esta dirección. Stealing Beauty es una película sobre el arte, sobre el tiempo y sobre la vida. Una película sobre una tribu, a la que el arte hace vivir y morir. Una tribu en la que la aparición de una virgen, en toda la ambivalencia de la expresión, provoca perturbaciones microclimáticas, suscita sacudidas emocionales y abre heridas existenciales. Una tribu de europeos extraños, con personalidades disparatadas, pero que se inscriben en la misma genealogía estética, cultural e intelectual. Una tribu a la que, por encima de todo, le encanta discurrir sobre el arte y la vida bajo el sol de Italia, sobre el césped de sus villas que transformaron en espacios conceptuales. Alrededor de jardines, setos, césped y pérgola está sembrada una constelación de esculturas de terracota, limoneros en macetas dispuestos de una forma significativa y una escalera de caracol que se pierde en el cielo. Parece como si, de pronto, nos encontrásemos en casa de Richard Long o cualquier otro virtuoso del land art.

Al lado del plató, bajo un techo de cañas, el párking de los VIP reluce al sol. En el lugar reservado a Bernardo Bertolucci, un Saab blanco lleno de polvo por fuera y tremendamente desordenado en el interior. A su lado, un pequeño bólido, un Norton color crema, con volante a la derecha, cuyo lustre impecable contrasta con el Saab. Es el coche de Jeremy Thomas, el fiel productor de B. B. desde El Ultimo Emperador.

Estos dos son socios, pero también amigos. Después de Stealing Beauty, tienen todavía otros tres proyectos en cartera, entre los que destaca la tercera parte de Novecento, el colosal fresco político-social comenzado por Bertolucci hace veinte años. Pero, aunque conoce mucho al genio, no por eso Jeremy Thomas se muestra menos perplejo. «No sabría decir a qué género pertenece Stealing Beauty. Es una diversión que pone en escena a gentes muy diversas en una misma casa. El título no reenvía a nada preciso. Es, más bien abstracto y no se explica por sí mismo. No sabría decir si es una película de la primera o de la segunda fase, tanto más cuanto Bernardo ha entrado en una nueva fase de madurez...»

Por su parte, Jeremy Irons tiene otro punto de vista. Su personaje de escritor al borde de la muerte le proporciona sin duda la distancia necesaria para percibir lo que se esconde detrás de la historia. «A mi juicio, esta película tendrá una dimensión política bastante importante, teniendo en cuenta sobre todo que Bernardo puede tener algo que decir sobre lo que está pasando en Italia desde hace algún tiempo y que no le gusta en absoluto. Se puede intuir algo de eso en ciertos momentos, sin que se pueda decir, sin embargo, que la película sea directamente política. Pero creo que, como no trabajó aquí desde hace quince años, tiene muchas cosas que decir... Por otra parte, creo que Bernardo quiso hacer una película sobre la gente sencilla, algo que no puede hacer desde hace mucho tiempo».

¿Será, pues, Stearling Beauty una película más bien reflexiva, sentimental y política? Probablemente tenga algo de todo esto a la vez. Lo que está claro es que se trata de una película que bucea en las vibraciones íntimas, una película de esencia poética.

También será, seguramente, una película llena de belleza, de luz y de naturaleza imperial. Y según todas las probabilidades será una película que marque la vuelta de Bertolucci hacia un cine a medio camino entre al autoanálisis (la cultura freudiana del cineasta es tan amplia como profunda) y la contemplación, en los confines de un cierto desorden mental moderno y de la fascinación por la miel de la sabiduría antigua.

La única inquietante certeza es que, ya desde ahora, Bertolucci ha conseguido hacer triunfar una extraña armonía entre los miembros de su equipo. Un equipo que destila preocupación por el detalle y gusto por el cine. De hecho, los dos Jeremy, Thomas e Irons, estarían pensando en la posibilidad de seguir las huellas del «maestro» y pasar detrás de la cámara.

Con su sonrisa en la comisura de los labios y su panamá blanco en la cabeza, Bertolucci saborea la presa que acaba de cazar, perfectamente consciente del impresionante fervor que planea sobre Stealing Beauty. «Nunca he visto tal placidez y tal serenidad en un rodaje...Espero que todo esto se vea en la pantalla».

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