15 enero 2013

Caperucita va a resultar ser una golfa

Se parecen parecen mucho los libros de erotismo a los informes meteorológicos: zonas de altas presiones, anticiclones en el sistema central, sequía prolongada y, a última hora, cuando la población ya desespera, borrascas milagrosas y benéficos chaparrones. Con una diferencia: en la climatología erógena por escrito todo es bastante más previsible. Salvo algunas excepciones, los autores se limitan a no defraudar las expectativas del lector ya predispuesto y por ello la mayoría son -literariamente- tan pobres.

Confunden la falta de ropa con la falta de estilo, la bacanal con lo banal, y nos sirven una prosa insípida, desaliñada. Como si escribir sobre sexo eximiera de emplear la inteligencia. El relato erótico convencional suele ser -repito: hay excepciones- una proyección de clichés en que los protagonistas, atacados de calentura, se entregan con entusiasmo a un recital de contorsiones más o menos apoteósicas. Se supone que cada «cuadro» tiene la obligación de superar en algo al anterior (Nabokov ironizaba un poco sobre esto en el prólogo a Lolita).

La progresión numérica aumenta, los tamaños crecen y crecen hasta la megalomanía («Ella era una auténtica superproducción», dice el enardecido autor de este libro, Jean-Pierre Enard, traducido por Manuel Serrat Crespo), y al final el sufrido lector termina empotrado en un armario en el que ya no cabe más gente. Enard sortea con dificultades la marejada; como broma, es demasiado fácil: Contar el cuento de hadas para adultos, explotando el lado supuestamente inconfesable de las historias infantiles; el psicoanálisis hizo esto mismo hace años y escandalizó. Hoy corren malos tiempos para el escándalo; Enard peca de inocente: al terminar su novela todo queda tal cual, nadie se indigna, y por supuesto ninguna Caperucita Roja de finales de siglo va a sonrojarse por ello.

Nunca como ahora han proliferado tanto entre las editoriales las colecciones dedicadas al «erotismo». ¿Cuándo se habla más de algo? Cuando escasea. Ahora que las salas X son desmanteladas una tras otra y amplios grupos de adolescentes norteamericanos confiesan en las encuestas haber desertado en masa del asunto debido al temor a un contagio (en Norteamérica la última novedad es el sexo por correo); ahora que percibimos todo lo que de cartón piedra había en Henry Miller o Bataille; ahora que desaparece del horizonte, seguimos sin saber si es bueno o malo que el sexo se refugie entre las páginas.

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