18 febrero 2013

Los trileros anónimos


Es lógico que el Ayuntamiento de Madrid se vuelque en grandes remedios municipales para grandes males urbanos; pero por favor, que no olvide los pequeños problemas que convierten las calles en tercermundistas.

El profesor Tierno Galván dijo en una ocasión que ya no había «trileros». Ahora nos tropezamos con ellos en el mismísimo centro de Madrid; y da vergüenza ver, tan fuera de tiempo y de lugar, al simplón que pierde en manos de unos pícaros ambulantes que llevan «croupier», «ganchos», vigilantes y hasta una mujer para insultar en «grueso calibre» a los osados que informen a los incautos que hayan entrado o puedan entrar al engaño. Aquella picaresca inspiradora de literatos clásicos, subproducto de una larga decadencia española, sobrevive y se ha sofisticado por culpa ded la marginalidad, el consumismo, la disfunción de la antipicaresca, y el gigantismo urbano. Y no olvidemos todos que en este país, como se dice ahora, donde se hace aparecer una bolita con la ayuda de la uña, ganan muchísimo más dinero los que hacen desaparecer una sociedad anónima con la ayuda de un abogado.

Esta nueva España, con sus autonomías como un movimiento de rotación, y con su integración en Europa como un movimiento de traslación, tiene que ir perdiendo picaresca si quiere ir ganando dignidad.

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