03 marzo 2013

Entre los sueños y la realidad



Tres días después de haber puesto pie en la República Federal de Alemania, Tomás, con una pinta exótica entre John Lennon y un vaquero de los llanos, decía: «quiero trabajar con vacas. No me gustan los caballos. Demasiado pretenciosos, demasiado disciplinados». Una semana después, presenta la misma sonrisa. «iGenial! La oficina de empleo me hecho cuatro ofertas de trabajo.... en la cría caballar!, desde luego, vaya suerte». Entre tanto, Tomás ha visitado una granja. Cuenta que antes, un señor con aspecto adinerado, con un Mercedes blanco, se le acercó en el campo de refugiados para ciudadanos germanoorientales de Ahrweiler y le ha ofreció un empleo en el zoo de Düsseldorf. «Eso está hecho», contestó Tomas. Pero el Mercedes blanco nunca más volvió a buscarle.

¿Se acabó el espejismo para Tomás y los suyos, que se salieron a principios de octubre de su pequeño pueblo cerca de Berlin Este? No del todo. Se han estrellado contra los espejos, y aprenden, muy deprisa, las nuevas reglas del juego. El primer día, Tomás quería un empleo «inmediatamente», para instalarse junto a Angélica y Tony, su pequeña familia, en una nueva casa y rehacer cuanto antes su vida. Después han probado al «patrón» germanofederal, y visto cómo la mayoría de los refugiados se lanzaban sobre el primer trabajo, para volver a veces reventados. A pesar de todo, los primeros días fueron maravillosos. Ahora, la pequeña familia ha decidido estudiar con interés las sugerencias hechas por la oficina de trabajo local para trabajar en la cría caballar, tomar su tiempo para comparar las ofertas, prolongar su estancia en el campo de Ahrweiler. Una ventana, tres colchonetas, un alojamiento muy limpio. Durante algún tiempo todavía serán el punto de atracción del lugar. Angelica, por sus 27 años frescos y su dulce belleza; Tony su «pequeño hombre» de 14 meses, por sus cuatro pequeños dientes y sus rizos tan rubios como los de su padre. Tomás es un joven de 26 años de andares arqueados, bigote «a lo Dalí», y lacios cabellos hasta los hombros y sus ideas rebeldes.

«Somos hugonotes», me contestó mi padre cuando le pregunté por el color de mis cabellos», recuerda Tomás. Sus padres han vivido en Alemania Occidental, en Hanayu, cerca de Francfort. Decidieron irse al Este en 1961, justo después de construirse el muro de Berlin. Tomás, en tono guasón, recuerda a su padre, «un comunista convencido que instalaba calefacciones. Ha triunfado allí, equipando los barcos exportados a la URSS.» Un cuarto de siglo después, el hijo emprende el camino inverso. Tiene otros valores. En música, le gusta Bach y Mozart, por su herencia alemana, Motorhead y el rock duro, por la revolucionaria. Mick Jagger es su héroe, desde que pronunció su frase definitiva sobre la RDA: «No jugaré en la mayor cárcel del mundo». Ha venido aquí para «gozar de la vida», no para cambiar la sociedad. «Llevar una existencia sencilla, un poco como allí. Sólo que con un poco más de empuje, un poco más de ganas».

Tomás y Angélica se conocieron hace dos años, dudaban en venir a Occidente pero el nacimiento del pequeño Tony les hizo decidirse. La joven madre muestra un paquete de galletas de mantequilla. «Imaginaros la situación de una madre allí: sin galletas, apenas frutas para dar a su bebé». La madre, asqueada, insiste sobre cada palabra. «Ni siquiera zumo de fruta para mi Tony!» Tomás opina, con más tranquilidad, «los últimos días me hubiera gustado manifestarme con mis compañeros, subir a las barricadas. Luego pensé en Tony. Tuve miedo de la violencia, de la cárcel. No iba a abandonar a Angélica para pudrirme en el fondo de un calabozo, como tantos amigos míos.» «Habíamos presentado una solicitud para una casa pequeña, o para un apartamento de dos piezas, por lo menos». Añade Angélica: «la respuesta que obtuvimos fue: están muy bien donde están. No esperen nada antes de 3 o 4 años». En esa época vivían en casa de una hermana de Tomás.

Tomás era criador en la cooperativa local, y ganaba alrededor de mil marcos al mes. «No lo bastante para vivir, no lo bastante para morir». Cuando nació Tony, Angélica decidió quedarse en casa. Ahora compara: «allí una chaqueta de invierno cuesta 500 marcos». En 1989, Tomás solicitó por segunda vez una autorización para salir del país. Le concedieron permiso para salir el 3 de noviembre, pero a él sólo. Su familia no podría acompañarle. El primer domingo de octubre, ya estaba tomada la decisión. Llevaría a Angélica y Tony a la embajada germanooccidental de Praga y se encontraría con ellos un mes más tarde en Berlin Occidental. Sin embargo, apenas cruzada la frontera con Checoslovaquia, la radio anuncia que la RDA ha suspendido la libertad de viajar de sus ciudadanos a través de Checoslovaquia.

En ese momento, Tomás se asustó: «si hubiese vuelto, tal vez no hubiera podido jamás reunirme con mi familia. Habíamos ido demasiado lejos». Cogieron al «tren de la libertad» que salía de Praga hacia la RFA con 8.000 refugiados germanoorientales, Tomás recuerda que durante el viaje consignó dormir. Angélica, no. «Me aferraba a Tony pensando que en cualquier momento podían detener el tren y bajamos a todos». Al alba, por fin, el tren dejaba atrás el muro y se detenía en la estación de Hof. Tomás se precipitó hacia una cabina telefónica para decir a sus padres que habían llegado bien y que, tal vez, se volverián a ver algún día. Sus ojos negros todavía se llenan de lágrimas. «Lloraba sin parar». Sin embargo, apenas llegados en la RFA, la pareja es puesta en guardia. Berlín está desbordado de refugiados. No hay trabajo, no hay alojamientos. El Gobierno les envía al campo de Ahrweiler, y la dulzura de la zona Renania les convenció. Se quedarán a vivir ahí.

La familia se pasea todos los días por las calles del pueblo de Ahrweiler, pero nunca cruza el umbral de las tiendas. Cada noche, en el cambio de refugiados, sus vecinos llegan con una máquina de afeitar, un secador, una televisión portátil. Pero para Tomás, toda esto es todavía «poco». «¿Para qué correr tanto?» Si estuviera en el Este, me lo habría llevado yo también, aquí sé que los comerciantes me esperarán». Tomás quiere comprarse un Golf GTI. Un coche de genuina fabricación alemana. !Por su calidad! El rebelde, en el fondo, es patriota. En Potsdam, le detuvieron un día por «delito vestimentario».

«"Reconózcalo, usted quiera provocar", me dijo un policía». «Aquí, a veces es una pena, nadie se dá ni cuenta de la manera en que me visto». Muy pronto llegaron los primeros golpes. Tomás y Angélica se fueron de su pequeño pueblo con una idea fija: ir al Berlin Occidental. Allí vive un hermano de Tomás, que se exilió legalmente en 1985. «Fue muy duro cuando se marchó. Le telefoneaba muy a menudo y me contaba cosas de Occidente duro, decía, "muy duro, pero me desevuelvo"» recuerda el joven refugiado.

Después de las dificultades para encontrar trabajo, y de las ofertas de los empresarios alemanes, no siempre dentro de la legalidad, la pareja toma conciencia que la RDA no es siempre roja, ni que la RFA siempre rosa. Sin embargo, en ningún momento se arrepienten de su decisión. De la «sociedad de consumo», dice, «es fantástica, pero si te sales de círculo, eres hombre muerto». Pese a todo, Tomás y Angélica han dejado buenos recuerdos al otro lado del muro. Los veranos que Tomás, niño, pasó en Thuringe. Su adolescencia en Potsdam. Los partidos de fútbol con los chicos de la calle de arriba. Por sus recuerdos, por sus padres, por el álbum de fotos y por todas las personas queridas que se quedaron del otro lado, Tomás espera poder volver algún día a la otra Alemania. Sin trabajo, ni casa fija, la familia ha sucumbido al rito del exiliado. Tomás ha comprado un paquete de café, un poco de chocolate, para enviarlo allí. Es el primer paquete del refugiado. Los que llegan, no se olvidan de los que quedaron al otro lado.

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