23 abril 2013

John le Carré el peregrino secreto

Si hay un autor contemporáneo que puede soportar el tópico de «no necesita presentación» ése es el británico John le Carré. Desde que fuera cogido por el éxito con la publicación de su tercera novela, El espía que surgió del frío, hasta este lúcido y brillante testamento senti mental que acaba de editarse en España, le Carré no ha abandonado jamás los primeros lugares entre los autores de mayor venta ni ha dejado de madurar temática y estilísticamente en cada una de sus obras. Tal vez, la clave de esa singular forma de perdurar y crecer radique en su intuitiva capacidad de adapación a los cambios políticos y sociales que, ha vivido el planeta desde la segunda posguerra hasta nuestros días. Esa capacidad le ha permitido no tener rivales luchado dentro de uno de los considerados subgéneros que más ha padecido el desgaste a que lo sometieron esos cambios el ele espionaje.

Si La chica del tambon fue el canto del cisne a los coletazos de la «guerra fría» -bajo el pretesto temático de los movimientos guerrilleros de Oriente Medio y sus ramificaciones europeas, La casa Rusia representó la primera asunción -desde el punto de vista literario- del auténtico deshielo soviético y el posterior desmantelamiento de los países del llamado «socialismo real». En ese estado en que quedó el orden internacional, sólo cabía esperar el milagro para resucitar un género literario tan esclavizado a la realidad política; y el milagro vino del único lado que podía venir: de la mano de John le Carré y de este Peregrino Secreto que, entre otras cosas, demuestra -sin pretenderlo- las falsedades de base y la falta de soporte ideológico del concepto del «fin de la historia», concepto tan reciente como rancio y envejecido. En este texto, el novelista británico asume el desconcierto que supone el «nuevo orden», sus matices y esas, ahora, imprecisas fronteras entre el bien y el mal que pueden desorientar a cualquier espía que se precie.

Tal vez, esta profesión necesite también su reconversión y además una consecuente reflexión metafísica que la fortalezca para nuevas -muy diferentes- misiones. De ahí, que le Carré haya optado por el tópico argumental de una vieja generación que se retira impartiendo los restos útiles de una antigua enseñanza a la nueva generación -ahora, «de hombres y mujeres»- que nace. De ahí, que el díptico Ned-Smiley aprovechen la oportunidad de una clase magistral de fin de curso para llevar a cabo su azoroso viaje sentimental por el pasado de una profesión que se convierte, en definitiva, en una emotiva reflexión sobre la vejez y en una escéptica reflexión política.

Es cierto, los restos del naufragio deben quedar en otras manos; la inteligencia artificial de los sofisticados ordenadores ha sustituido al olfato de los «viejos sabuesos»; las guerras planificadas desde los laboratorios son el pan cotidiano del nuevo orden internacional; los viejos puntos de referencia que constituían el comunismo y el capitalismo deberán ser sometidos a una nueva interpretación de parte del hombre. De todas maneras, los maestros no se resignan fácilmente a esta nueva situación. Primero, porque como dice Ned «en realidad, el retiro no existe». Segundo, porque Smiley, «el profeta iconoclasta», «si bien es cierto, que desdeña la nostalgia, no puede evitar estar presente en la nostalgia de los otros».

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