07 mayo 2013

Felipe González y su piel de cordero

Felipe González vivía en una pequeña casa encalada, en el número 10. Llegó a estos parajes hace cosa de 30 años, cuando aquí no había más que huertas y un arroyo de mala muerte. Todo ha cambiado mucho desde entonces, pero el viejo callejón sin salida que lleva su nombre sigue intacto, ajeno a los vaivenes políticos. «iJoder con el presidente! Ya le ha puesto nombre a una calle». Héctor Esteban, uno de los primeros «pobladores» de la zona está harto de escuchar la misma retahíla cada vez que el médico le pide su dirección.

Y él repite incansable la historia de siempre: «iQue no, oiga! Que la calle se llama así desde el 59. Que este Felipe González murió hace seis años y era mucho más viejo que el presidente». Faustino, el padre de Héctor, llegó al barrio de Peña Chica antes que nadie y se hizo su propia casa. Felipe González, impresor de profesión, aterrizó poco después y tuvo la feliz idea de pedir una cédula de habitabilidad. Así logró consagrar su nombre en un rótulo, veinticuatro años antes de que su homónimo pusiera los pies en La Moncloa. El presidente no se imagina que «su» calle está a tan sólo dos kilómetros del palacio, en una de las zonas más deprimidas de Madrid, recuerdo lejano de un viejo poblachón andaluz.

Allí, en poco más de 20 metros cuadrados, malvive Carmen Castañeda con su marido y sus tres hijos. Las paredes están devoradas por las grietas, y el techo es como un inmenso goterón. «Me trendría que gastar medio "kilo" en arreglar esto, pero ¿de dónde lo saco?». «Hace bien poco se me cayó la cocina encima, tengo casi todas las tejas rotas y cuando llueve en invierno esto parece una cascada. No tenemos ni ducha, ni agua caliente; nos lavamos en una pila». Los hijos de Carmen asienten, pero no quieren marcharse.

A Eva, 12 años, no le importa compartir un mohoso habitáculo con sus dos hermanos. Tampoco le molesta que los vecinos de los pisos cercanos la miren por encima del hombro y no la dejen jugar debajo de sus ventanas. La niña ha cogido cariño al barrio, a pesar de los «camellos», los «chorizos» y los «yonquis» que pululan por allí cerca. Aún recuerda Eva el ocho de marzo de 1987. «Unas amigas mías estaban jugando al escondite en la calle Murias, aquí al ladito, y descubrieron a una mujer muerta. Le habían dado 56 puñaladas y le habían metido una botella de cerveza por el culo». Tres días después detuvieron al autor del crimen, Mustafá Mechball, un marroquí que solía traficar con droga en la zona. «Ahora está un poco mejor, pero hace un año esto era una plaga de "camellos"», habla Carmen. «Venían en cochazos, se paraban en el camino de Ganapanes y se distrbuían por todo el barrio». Felipe González también tiene vecinos marroquíes, pero poco tienen que ver con el sádico Mustafá. En lo más alto de la calle, una mujer árabe de piel ajada tiende un montón de ropa. No habla; sólo sonríe. Lo justo para dejar ver ese simpático diente cariado que aún le queda.

El patio de la pequeña casucha está inundado de bicicletas; los vecinos hacen cuentas y no se expliacan cómo caben allí tres familias numerosas. «Van a lo suyo y no molestan. Si acaso cuando tienden las pieles de cordero en el Ramadán. Echan un pestazo que no veas».

«Pues yo al presidente le pediría una casa como Dios manda, porque aquí no hay quien viva». Ana María García va por el quinto hijo y no sabe ya dónde meterlos. En su casa, de apenas 40 metros cuadrados, hay que andar de canto para no tropezar. Su marido, Pedro Manuel, trabaja en Mercamadrid y lleva a casa 80.000 pesetas todos los meses. «Con ese dinero, si alquilas un piso te mueres de hambre.

Aquí pagamos 500 pesetas y, mira, podemos ir tirando». La familia espera como agua de mayo la expropiación y el realojo, que amenaza con llevarse por delante tan histórica calle para dejar paso a la civilización del ladrillo y del hormigón. Pero entre los vecinos predominan los escépticos. Teresa Sanchís, de 58 años, es una de ellos: «Qué le va a que llega el 92 y seguimos como estamos?». «En tiempos de Franco llegaron a repartir boletos para darnos pisos. Y aquí nos ves, unos mejor y otros peor, unos deseando irse y otros que no hay quien los mueva». Héctor Esteban es de los que se resiste a abandonar el redil. «Aquí estamos muy bien. Quizás un poco apretados, pero dime tú dónde encuentras una casita como ésta, con su jardín y todo. Por si acaso he plantado un níspero en esa maceta, porque voy a a echar mucho de menos mis arbolitos». El que está deseando hacer las maletas es Manuel Cámara, que vive con su hija en «24 metros habitables». A sus 68 años, el «señor Manolo» trepa por la escalerilla como un intrépido bombero.

Un repaso minucioso al tejado -«que luego todo son humedades»- y un vistazo al canalón, no vaya a ser que se atasque. La labor de Manolo tiene su mérito. Si no es por él, la cal y la lluvia habrían devorado hace tiempo el polvoriento rótulo donde aún se lee el nombre del señor presidente.

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