27 junio 2013

Bertolucci y el Dalai Lama

Viendole ahí, sentado en un sofá de su «suite» en un hotel parisino, se diría que es la primera entrevista que concede en su vida: tal es su buena disposición y su encanto personal. Y, sin embargo, Bernardo Bertolucci es uno de los realizadores que más tinta han hecho correr a lo largo de su carrera. Retratista salvaje de la intimidad sexual en El último tango en París, cronista de la lucha de clases en Novecento y orfebre de los conflictos humanos en todas sus obras, este obstinado amante de la evolución perenne ha culminado con El pequeño Buda su trilogía orientalista que antes tuvo en El último emperador y El cielo protector sus otras dos componentes. Buda y el Dalai Lama cambiaron a Bertolucci. El lo reconoce y asegura que gracias a ellos sabe ya lo que es «la inteligencia de la compasión».

Pregunta. ¿Supone esta película algo de síntesis dentro de su carrera cinematográfica?

Respuesta. Sí, creo que lo que supone El Pequeño Buda es la síntesis de muchas de las cosas que he visto, aprehendido y quizá comprendido en Oriente. Cuando la terminé, caí en la cuenta que se trataba del final de una trilogía, aunque yo no era consciente de estar haciendo una trilogía... Fue como poner juntos todos los conocimientos que pude asimilar en mi periplo oriental.

P. ¿Qué recuerdo guarda de su encuentro con el budismo?

R. El descubrimiento del budismo fue para mí muy importante. Yo lo conocía desde hacía mucho tiempo pero nada más que en el plano estético, es decir, cuando yo me decía a mí mismo cosas como «qué bonito es esto, qué poéticoÉ», hasta que conocí a los monjes tibetanos y en primer lugar al Dalai Lama. Entonces descubrí algo mucho más profundo, algo bello de verdad, bello en su interior.

P. En su última película, El cielo protector, se metió en la piel de un hombre que se pierde; ahora lo ha hecho en la de alguien que se encuentra a sí mismo, ¿no?

R. No lo sé, ¡qué difícil es para mí explicar el sentido de esta película!: ¿cómo explicar la aventura de ese hombre que se busca y se encuentra? creo que como mejor queda expuesto eso es en la propia película.

P. ¿Es El pequeño Buda algo diferente al resto de su obra, y si es así, por qué?

R. Toda la dramaturgia de mis películas precedentes se basó en conflictos humanos bastante fuertes en todas las direcciones: hombre mujer, campesinos y patrones, padres e hijosÉsiempre había alguien contra alguien, siempre había un «crash». Aquí no lo hay. Y el primer sorprendido soy yo, porque me pregunto cómo una película puede sostenerse en su estructura sin que haya conflictos, que siempre son como los pilares de la tensión.

P. ¿Por qué eludió esa tensión conflictiva? R. Bueno, finalmente creo que es algo bastante budista, ¿no? P. Quizá Bertolucci ha acabado descubriendo lo que el príncipe Siddharta llama «la vía intermedia»É R. Quizá (risas) pero yo me he preguntado una y otra vez: ¿cómo es posible que alguien como yo, que creció en una cultura de transgresión y de fascinación por los extremismos, se haya topado con la «la vía intermedia»? Si lo pienso bien y tengo en cuenta mi pasado, creo que no hay nada más lejos de mí que esa vía, y sin embargoÉ es raro, pero en esta película, sin quererlo, he acabado dentro de ella. P. ¿Influyó en usted su primera entrevista con el Dalai Lama?

R. Sí, sobre todo yo quería su permiso para hacer la película, y nuestro primer encuentro en el verano de 1991 fue capital, aunque sólo durara un cuarto de hora. Yo le dije que no era budista, ni siquiera creyente, y él me dijo: «Perfecto, así podrá hacer la película con más perspectiva».

P. Si hubiera hecho una película sobre Jesucristo, ¿habría pedido permiso al Papa?

R. Oohh, no lo séÉ bueno, no es lo mismo (risas).

P. ¿Cuál es el principal poso que le ha quedado del personaje del Dalai Lama?

R. La palabra compasión. Una idea que en nuestra cultura está totalmente infravalorada. En el Dalai Lama descubrí además la inteligencia de la compasión, es decir, cómo detrás de esa bondad se esconde una profunda comprensión del sufrimiento de los demás.

P. Se diría que va usted a engrosar las filas de los famosos que se han rendido incondicionalmente al budismo...

R. No, no, pero en algo me ha debido de cambiar personalmente, desde el momento que por vez primera en mi carrera hay un final optimista. Es un final conmovedor pero no triste, conmovedor pero no trágico, conmovedor pero optimista. Es la primera vez, repito, así que tengo que constatar que en algo me habrá cambiado. ¡Pero no sé bien en qué! (risas).

P. Por ejemplo, ¿cree en la reencarnación?

R. Me es algo difícil, debido a la cultura en la que crecí, creer en la reencarnación según la versión tibetana, es decir en alguien reencarnado con dirección y carnet de identidad propiosÉ pero sí estoy convencido de que hay cosas que resisten a la destrucción del cuerpo. P. ¿Por qué ese repentino interés en introducir en su cine efectos especiales, algo nuevo en usted? ¿Quiere pescar en las aguas de Spielberg? R. ¡Como si los efectos especiales no pertenecieran más que a Spielberg o a Hollywood!. Pues la gente se equivoca, porque los efectos especiales fueron inventados en este país por un tal Meliés, en Viaje a la luna.

P. ¿Ha querido con El pequeño Buda hacer cine para el gran público?

R. Sí, reconozco que quiero dirigirme al mayor público posible. ¿No cree que una de las razones del horrible desequilibrio entre la producción norteamericana y la europea ha sido el hecho de mirarnos tanto al ombligo? Por eso he estado siempre a favor de la excepción cultural en el tema del GATT: porque me gustan las diferencias, y entonces acepto que haya gente que haga películas microcósmicas y gente que haga películas para todos.

P. ¿Por qué ha dicho que ha sido la película más difícil de su carrera?

R. Porque sentí desde el principio una enorme responsabilidad, la de dar una primera explicación sobre algo tan complicado como es el budismo. Me sentí muy nervioso desde el principio hasta que todo acabó, y en ese sentido me ayudó muchísimo la presencia a mi lado del Dalai Lama.

P. Cuando comenzó su trilogía orientalista (El último emperador, El cielo protector, El pequeño Buda) lo hizo por un criterio estético o por escapar del mundo occidental?

R. No quería seguir filmando con mi cámara una realidad que me producía malestar, sobre todo en Italia pero en general en Occidente. Los años 80 fueron en mi país los años del «boom» económico, pero con él hubo enormes brotes de cinismo y de corrupción. Olía a corrupción, y yo no me sentía inspirado por aquella realidad. Es verdad que la cosa está cambiando, pero la gente sigue sin querer aceptar una cosa: ¿quién mandó al parlamento a los parlamentarios corruptos? Los italianos. Es decir, que nosotros fuimos cómplices de todo el sistema.

P. China, Marruecos y el Tíbet, ¿han sido entonces para usted soplos de aire puro?

R. Al menos, fueron otras realidades que sí me inspiraron. No me gustaría por nada del mundo ser tomado por un moralista pero,como decía nuestro santo y profeta Pier Paolo Passolini, el cine habla con el lenguaje de la realidad, la realidad es lo más importante, y cuando esa realidad se hace imposibleÉ además, en Italia estaba empezando a perder el sentido de la curiosidad y eso me molestaba enormemente. 

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