05 julio 2013

Juan Goytisolo y sus grandes placeres

El lector virgen -de seguro- se encontrará ante este libro con un relato organizado en cuarenta secuencias -número que, sin duda, maneja el autor con sentido mágico- en el que se describe post-mortem el viaje onírico de un personaje que, -situado en esa franja imprecisa y nebulosa de los cuarenta días del duelo, guardados celosamente en la cultura islámica y antaño en la cristiana, goza de la inefable dicha de conocer el territorio del más allá y del consolador don de verificar el balance de su existencia. 

Este nuevo lector podrá observar que aunque la originalidad del «viaje en sueños» se entronca con una tradición clásica, -reelaborada en la Edad Media por Ibn Arabi y Dante-, el estilo propio de Goytisolo lo reconduce sabiamente por una senda en la que se mezcla con la técnica del relato policial y la narrativa del humor. Sin perder nunca el tono sedante y optimista, solicita para los seres humanos la misericordia terrenal y el derecho a la serena paz y esperanza para sus maltrechos cuerpos en ese temido Averno que -por arte de la iluminación del maestro sufí- se sosiega y reconvierte en el remansado piélago de un mar azul turquí. 

Se trataría, por tanto, este relato de un ejercicio literario en el que se reconoce a la imaginación como dispensadora de placeres inverosímiles y -en gran medida- como hada bienechora de una naturaleza humana asediada de continuo por sus propios terrores y por las amenazas de los órdenes nuevos y viejos que han venido configurando la historia convulsa y bélica del universo mundo. Sería lo propio en un texto engendrado en tomo a la cuarentena de la Guerra del Golfo. En su presentación crítica de la Obra Inglesa de Blanco White (1972) se leía: «Puesto que el sueño es una expresión de descontento y el hombre debe manifestar sus deseos en términos utópicos si quiere que algún día puedan ser realizables, la obra de imaginación -aún la de apariencia más escapista- es un primer paso, indispensable, en el camino de su liberación». 

Quede además constancia de que el asedio a la imaginación creadora que Goytisolo realiza de la mano de Ibn Arabi, -casi sobrevolando a Dante y a Miguel de Molinos-, y con la complicidad de los primitivos textos escatológicos islámicos desenterrados críticamente -aun que no reconocidos, en su día- por Asín Palacios y Muñoz Sendino, supone un formidable esfuerzo intelectual de calado filosófico e interpretativo/intuitivo de la «realidad futura extraterrenal» ,infinitamente -en su texto- más humanizada, cordial y sabrosa que los adustos relatos elaborados por la tradición occidental. De esta forma traslada el autor al discurso la máxima del shaykh murciano: «La persona intuitiva ve en su estado de vigilia lo que el que duerme ve en estado de sueño y el muerto ve después de su muerte». Para el lector veterano de la obra de Goytisolo se suscitan otras comprobaciones y hallazgos. 

Por supuesto, la constatación de la existencia de un «continuum literario» que consolida una obra excepcional renovadora en las estructuras lingüístico literarias, quizás desde antes de la emblemática aparición de Señas de identidad. Con este texto, evidenciando ese acotado campo de maniobras que el escritor se ha impuesto a sí mismo como territorio literario, realiza el más difícil todavía de sacar de la historia de su historia una bella e inusual proyección que reflejándose sobre sí misma alumbra toda su trayectoria anterior. La cuarentena explica, -con el discurso siempre clásico de una narrativa épica/poemática-, las sinuosas líneas de Don Julián, la azarosa vida del niño Alvarito por los meandros laberínticos de Juan sin Tierra y el cegador espacio de superficie de Makbara, enlutado -hoy- por los siniestros humos de la Guerra. 

Ahora, se da una nueva vuelta de rosca sobre la estructura experimentada previamente en Paisajes después de la batalla y en Las virtudes del pájaro solitario y se obtiene en este viaje «de rapto» la alquimia de un espléndido texto lúdico, Góngora decía que: «el sueño, autor de representaciones, / en su teatro sobre el viento armado / sombras suele vestir de bulto bello»-, y la superación del tránsito agónico vivido en el «otro» Juan de la Cruz. En esta cita asamblearia de la cuarentena de los ángeles Naquir y Muncar, asisten viejos y nuevos conocidos, fantasmas del presente o del pasado, piezas cómplices de su entramado mudéjar, pero lo hacen de forma sustancial distinta, no forman parte ya de una pesadilla sino que han adquirido, -unos y otros, los odiados y los amados, vivos o difuntos-, la entidad de sombras queridas, espíritus comprendidos que emergen de la caída y a los que, como en la Comedia, la mano de Virgilio -y ¿por qué no, la de Góngora?, los sostiene para nuestra memoria en únicas y sabias palabras.

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