19 agosto 2013

Antonio Banderas ya se ha convertido en leyenda

Carecía de talento interpretativo, pero Rodolfo Valentino fue el primer actor que hizo vibrar en sus asientos a las mujeres desde una pantalla de cine. No necesitó una voz sugerente ni un físico atlético. Incluso era femenino. Su arte fue otro, la seducción. El creó las pautas del «sex symbol» masculino, de las que son herederos los galanes de la cartelera actual.

En cuanto idealización del «amante latino», el sucesor de Valentino es Antonio Banderas. Esa es su etiqueta oficial y su pasaporte a la fama en la meca del cine. «No existe -ha escrito la revista americana Movieline- un puesto permanente de Valentino que Hollywood se vea obligado a mantener ocupado, pero cuando aparece alguien como Banderas, bueno...».

El actor, que entre sus proyectos mantuvo durante mucho tiempo la biografía del mítico galán que Nagisa Oshima pensaba rodar en Canadá, sin conseguirlo hasta ahora, revalida su condición en Miami. En su crítica a la película, la revista especializada Variety corrobora: «Banderas encarna todo lo que las mujeres le pueden pedir a un "latin lover"».

¿Cuáles son esas virtudes que ya impuso Valentino en los años 20, en el esplendor del cine mudo? La valoración positiva de los ojos de color oscuro, aterciopelados y de corte un poco oriental. El pelo negro y muy brillante, por efecto de la brillantina. Por último, personajes construidos a partir de vestuarios y escenarios exóticos.

En el caso de Miami, Banderas es Antonio, el exiliado cubano, perfecta caricatura del amante latino, que trabaja de enfermero, dando color a la agonía de las ancianas sajonas que esperan la muerte en la cálida ciudad. Aunque, en sus ratos libres, consuela el tedio conyugal de Mia Farrow y alimenta las fantasías de su hija, una indecisa Sarah Jessica Parker.

Ningún otro personaje masculino de la película tiene pendientes de él a tres mujeres, que resultan ser abuela, madre e hija. O sea, tres generaciones femeninas rendidas al encanto del magnetismo casi animal de la belleza morena, la gracia del movimiento cadencioso y rítmico, y la misteriosa promesa de un erotismo misterioso y prohibido.

Se han idealizado mucho los aspectos más masculinos de la figura del «sex symbol» creado por Valentino. Sin embargo, hoy muy pocos espectadores están familiarizados con las películas mudas que le inmortalizaron. Basta verlas para comprobar que la aportación de Valentino fue reunir en un solo hombre los dos tipos del héroe: de acción y romántico.

Tal y como hace Brad Pitt en Leyendas de pasión. Tanto da que sea alto, rubio y con los ojos muy claros. Su cordón umbilical con Valentino está en su conducta y en su actitud. A ratos, es el más audaz de los aventureros, capaz de extraer el corazón del cadáver caliente de su hermano. En otras ocasiones, parece un afeminado, de larga melena sedosa y llanto fácil.

No era otro el secreto de Valentino, que supo dosificar magistralmente ambos aspectos de la personalidad varonil para llegar directo al corazón femenino. La clave era esa mezcla de pasión y melancolía, que inflamaba a las espectadoras de la época, mientras que a ellos les resultaba afectada, femenina y hasta ridícula, de acuerdo a los cánones masculinos.

Hay otra coincidencia fundamental entre el rubísimo y sajón Brad Pitt y el moreno latino que fue Valentino. La forma casi instantánea en la que ambos rindieron, en pocos minutos de pasión, a las espectadoras de todo el mundo. Valentino con el tango de Los cuatro jinetes del apocalipsis, Pitt, con su magistral «polvo» a Geena Davis, en Thelma y Louise.

Valentino llevaba dos años haciendo cine y casi veinte películas sin que nadie hubiera reparado aún en él. Hasta que encontró en Los cuatro jinetes del apocalipsis (1921), a partir de la novela del canario Benito Pérez Galdós, el material propicio para imponer al mundo el mito del «latin lover», haciendo justo lo que mejor se le daba, bailar.

A ninguna mujer le pasó inadvertida la presencia de aquel apuesto desconocido de aspecto latino. Vestido de gaucho, en una de las escenas más memorables de la historia del cine, alejaba con un látigo a su oponente, mientras rendía a su pareja con el hechizo de un tango, que en la época calificaron de «acto sexual».

Los tiempos cambian y la sutil sugerencia del tango evolucionó hasta un acto sexual explícito en el caso de Brad Pitt en Thelma y Louise. Le bastaron justo 14 minutos para encumbrarse al puesto de nuevo «golden boy» de Hollywood. En su siguiente película, El río de la vida, ya le aclamaron como sucesor de Robert Redford.

Pitt pasó su reválida con el estrellato como el sensible Louis, de Entrevista con el vampiro. En ella, el inseguro y joven vampiro de América se sentía seducido por la sabiduría complementaria de su longevo colega europeo Armand, encarnando por Antonio Banderas, lo que permitió confrontar dos aspectos del «sex symbol» creado por Valentino.

Otros galanes, como Javier Bardem y Matt Dillon, que bajo el gancho de su atractivo físico ocultan un lado oscuro de su personalidad, cubrirían el aspecto menos difundido de la imagen fílmica de Valentino, sus arranques de brutalidad. Los mostró, sobre todo con el fin de atraer al público femenino en El hijo del caid (1926).

Violencia, odio, deseo de venganza y sentido de propiedad sobre la mujer han marcado los canallas de Dillon y Bardem. En especial, el impresionante papel revelación de Bardem en Las edades de Lulú. ¿Qué mejor ejemplo de la sumisión subliminada que oculta la búsqueda del macho arrogante que imponer por la fuerza su deseo a la mujer?

A medio camino entre ambos estaría John Travolta que, indiscutiblemente, como el propio Valentino, siempre destacó más como bailarín que por sus cualidades interpretativas. Es el conquistador irresistible una vez que suena la música. El varón que no encuentra rival sobre la pista de baile. Lo malo es que, como Valentino, no sólo se limita a bailar.

Macarra y entrañable, a pesar de ser un símbolo sexual, siempre le ha perseguido la sospecha de una nunca reconocida homosexualidad, como le ocurrió a Valentino.

Lo mismo que él, ha tratado de acallar los rumores con un matrimonio que le ha hecho padre.

El Travolta maduro de Pulp Fiction, aún irresistible a los 41 años sobre la pista, bien podría ser el reflejo del futuro que habría esperado a Valentino de no morir joven. En su última película, era patente el inicio de su deteriro físico y se apreciaba una incipiente y nada atractiva papada.

De no haber muerto a los 31 años, lo más posible es que no hubiera podido superar el nacimiento del cine hablado. Bien por problemas de dicción y acento, bien por el cambio de tipos y estilos que impuso la nueva técnica, como le ocurrió a su competidor directo, el mexicano Ramón Novarro, o al propio Travolta, con el paso de los setenta a los ochenta.

En fin, por encima de su fama de conquistador, Travolta es, como lo fue Valentino, un buen chico. Como queda demostrado en su cita con Uma Thurman en Pulp Fiction, bajo su fachada de chulería y arrogancia, resulta del todo inofensivo y siempre deja a la chica sana y salva, a la hora, en su casa.

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