30 agosto 2014

Antes sólo se navegaba con una brújula y un reloj

¿Surcar la costa más salvaje de Europa sin más instrumentos de navegación que una brújula y un reloj? ¿Desafiar la violencia del invierno en el accidentado paisaje de nieve y hielo que late bajo las cumbres del Ártico? A finales del siglo XIX, sólo una mente soñadora podía confiar en tal empresa. Agreste y desconocido, el norte de Noruega seguía siendo aquel desolado rincón apenas salpicado de pequeñas poblaciones donde sólo las cartas postales, recibidas con meses de retraso, tendían un frágil lazo con el mundo exterior. Mientras el país entero disfrutaba del soplo tecnológico de la Revolución Industrial, el progreso pasaba por alto esta región aislada. Más allá de Bergen, todo era visto como un páramo olvidado.

Por eso, cuando el capitán Richard With se propuso prestar un servicio marítimo que uniera el norte con el sur noruego, el nombre de Hurtigruten hizo historia. El 2 de julio de 1893 el vapor Vesteraalen partía del puerto de Trondheim hacia esas tierras de nadie y, 67 horas después, incluso casi 30 minutos antes de lo programado, arribaba al litoral de Hammerfest, el pueblo más septentrional del planeta. Nacía así el Expreso de la Costa, "el viaje por mar más hermoso del mundo".

Han pasado más de 120 años desde que Hurtigruten comenzara a operar esta línea, nacida para la distribución de correo y mercancías, pero abierta también a aquellos viajeros que podían aprovecharse del trayecto para descubrir estos parajes del lejano norte, para conocer de primera mano la tierra donde brilla el sol de medianoche.

Hoy, Hurtigruten sigue ofreciendo un servicio de línea regular, al tiempo que brinda un concepto de viaje en barco distinto. Y aunque su experiencia va más allá de Noruega (Spitsbergen, Antártida y Groenlandia son también sus destinos estrella) es esta ruta la de mayor romanticismo. El Expreso de la Costa, que ha ido ampliando la flota y los destinos, abarca 2.465 kilómetros desde Kirkenes hasta Bergen (y viceversa) con escala en 34 puertos.

Digamos, para explicarlo, que se trata de una combinación única de crucero y barco de carga. Un hotel flotante para los pasajeros, que encuentran todas las comodidades, y un transporte perfecto para alimentos, muebles y toda clase de objetos que precisan estas zonas remotas donde, por su orografía, sólo acceden los buques de Hurtigruten. Y esto, claro, confiere al viaje una vivencia diferente. Mientras la población local sube y baja como si se tratara del metro o el tren, los turistas coinciden con familias que acuden a un bautizo en un pueblo perdido o con una remesa de focas que van a parar a algún acuario.

Por eso este trayecto tiene una magia especial, en la que sólo los viajeros y el entorno comparten protagonismo. La filosofía de Hurtigruten no es la de un todo incluido, ni la de un paquete organizado, ni la de una masificación festiva. Más bien es la de ofrecer un viaje de experiencia a través de un paisaje atractivo que concentra toda la atención. Nada de cabinas lujosas, ni cines, ni casinos, ni discotecas. Nada de obligada etiqueta ni de cenas con el capitán. A bordo de sus barcos de capacidad mediana la atmósfera es siempre relajada, la vestimenta informal y las actividades, que las hay y muchas, agraciadas con un barniz cultural.

Para abordar la travesía de norte a sur, habrá que partir de Kirkenes, la única ciudad noruega donde el este se une con el oeste. Ya desde el minuto uno, será la aventura lo que prime. Porque esta primera escala (también puede ser la última) brinda interesantes excursiones relacionadas con el frío y la nieve.

Emplazada entre dos husos horarios (los de Helsinki y Moscú) y asentada sobre la desembocadura del río Pasvikelva, que forma parte de la frontera con Rusia, todo en Kirkenes remite al fin del mundo conocido. Un paisaje blanco aun en los días de verano, montañas tapizadas de abetos, un lago helado y un fiordo. Desde Hurtigruten, se puede recorrer la frontera en trineo de perros o motos de nieve, emprender un bucólico paseo en esquí o darse un baño bajo una aurora boreal en una tina de agua burbujeante.

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