09 marzo 2015

Ricardo Palacios fue uno de los villanos del spaguetti western

Pese a llevar retirado más de diez años, cuando su creación del Perales de La marcha verde (José Luis García Sánchez, 2002) puso fin a su filmografía, el recuerdo de Ricardo Palacios permanece incólume en todos los amantes de la coproducción mediterránea en general y del spaghetti western en particular. 

Su singular fisonomía –orondo y con una expresión que podía ir de la bonhomía a la perversión– le abocó a crear a muchos de los grandes villanos que galoparon por el desierto almeriense. 

Colaborador habitual de cineastas, tan queridos por los aficionados al cine europeo de géneros como Jacinto Molina, Jesús Franco o Antonio Margheritti, Palacios falleció el pasado miércoles de una insuficiencia cardiaca en el hospital donde llevaba varias semanas ingresado.

Nacido en Reinosa en 1940 con el nombre de Ricardo López Nuño, el futuro actor fue estudiante de Ciencias Políticas, carrera que no llegaría a acabar. Matriculado en la madrileña Escuela Oficial de Cine, en aquellas aulas, donde aprendió dirección y realización, coincidió con García Sánchez y otros realizadores a cuyas órdenes se pondría durante su actividad profesional.

Ya como Ricardo Palacios, su paso por las tablas fue tan fugaz que apenas se reduce a un montaje con la compañía del Teatro María Guerrero de 1964. Ese mismo año se estrenó en el cine recreando a un personaje secundario en Tengo 17 años, de José María Forqué. Meses más tarde llegaba su debut televisivo de la mano de Narciso Ibáñez Serrador en una entrega de Mañana puede ser verdad (1965).

Aunque no figura en los títulos de crédito, el entonces incipiente actor se inició en las coproducciones en Doctor Zhivago (David Lean, 1965). 

Al punto llegó La muerte tenía un precio, dirigida por el gran Sergio Leone ese mismo año. Pese a que su personaje en aquella ocasión –el vigilante del salón Tucumcari– quedaba reducido a escasas secuencias, fue su pórtico de entrada al western mediterráneo. 

Además de con sus realizadores, Palacios también colaboró con los ingleses que rodaban aquí. Richard Lester siempre contó con el actor cántabro en sus rodajes españoles. Lo hizo por primera vez en Golfus de Roma (1966). John Guillermin le contrató en El cóndor y Terence Young en Sol Rojo (ambas de 1970). 

Pero Palacios estaba llamado a entrar en el parnaso cinéfilo con malotes mexicanos como el de Corre cuchillo, corre (Sergio Sollima, 1968). Sin olvidar títulos, en otro orden de cosas, como Viaje al centro de la Tierra (Juan Piquer Simón, 1977).

Muy ligado a la factoría de Jesús Franco desde Fu-Manchú y El beso de la muerte (1968), el tío Jess precisamente fue el productor de la primera película dirigida por Palacios. Mi conejo es el mejor (1982), el filme en cuestión, se encontraba en la linde del porno. 

Bien distinta fue su segunda realización ¡Biba la banda! (sic), uno de los grandes éxitos de 1987. Ya en los años 90 se prodigó especialmente en la pequeña pantalla. Medio para el que dirigió algunas entregas de Crónicas urbanas y La banda de Pérez.


Ricardo Palacios, actor y director, nació en Reinosa (Cantabria) el 2 de marzo de 1940 y falleció en Madrid el 11 de febrero de 2015.

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