09 junio 2015

A los gordos les encanta la Navidad

Ni Panamá, ni Ceaucescu, ni los temporales..., me inspiran para opinar esta tarde. Ya se dice tanto, se opina tanto, que no tengo nada nuevo ni original que añadir. Yo qué sé. Es Año Nuevo y uno anda melancólico intentando mirar hacia dentro de sí y de los demás. Buscando en los ojos de los otros un ápice de verdad cómplice en esa falsa alegría que imponen estas mentirosas fiestas. 

Animo, ya queda poco. Pronto pasarán los Reyes y la tranquilidad volverá a nuestras vidas. Pronto los solitarios dejarán de sentirse tan solos sin el peso de la obligada compañía. Los gordos no tendrán que mirarse en ese infame espejo lleno de langostinos, polvorón y corderos. Los pobres se comerán el pollo sin la desagradable sensación de que no sabe a pavo. Los niños soltarán la ansiedad de pedírselo todo a la desaprensiva tele. 

Los apenados de ausencias las notarán ya menos. Pronto, dejarán de obligamos a ser felices, a escuchar noche de paz entre noticias de guerra, a adorar al Niño que nació por obra del Espíritu Santo, a consumir regalos no deseados, a ver los más machistas anuncios repetidos, a atragantamos con las uvas mal dadas de a mil el kilo, a abrazar a parientes muy de sangre y extraños muchas veces. 0 a pegar botes ante los petardos de los hijos ajenos echados a la calle. Animo, pronto podremos ser felices por algo. Por algo real que es personal, auténtico y sólo así transferible. 

Tal vez algún parado menos vivirá más contento, un tráfico fluido curará alguna úlcera o un gesto razonable de algunos poderosos haga nacer sonrisas o esperanzas... Y si ese algo no llega todavía nos dejarán estar tristes sin sentir pudor. Tristes pero no invadidos. Y para todos a los que estas fiestas les hinchan las narices, feliz 1990. Nos lo merecemos.

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