02 junio 2015

Consultamos la televisión como los antiguos el cielo

La expectación del día, el sol de media noche, el signo del milenio está hoy en la televisión (los modernos consultamos la televisión como los antiguos consultaban el cielo), el reloj optimista que marca el cambio de año y de década es ahora mismo el reloj de arena de los senos de Angela Cavagna (disculpen la greguería, pero la mujer lleva por delante un reloj de arena, y por eso llega tarde a todas partes). ¿Enseñará más o menos de lo que enseñó Sabrina el año pasado? Es la lotería de los que no jugamos a la lotería. 

Es la penúltima incertidumbre (quedan los Reyes) de esta quincena de gozosas (y siniestras) incertidumbres. Instalado que hemos a Dios en su gloria de las alturas, como si fuera un globo, mediante el hidrógeno de un villancico universal, repartida la paz entre los hombres de buena voluntad (paz y voluntad que este año han llegado urgentemente incluso a Drácula), estamos, al fin, en la ordalía de la tribu, en torno a la fascinación de la hoguera, que es, naturalmente, la televisión, y vamos a sacrificar una virgen, pagada en europesetas, que esta vez es Angela Cavagna, musa violenta y corporal de lo venidero. 

El abuelo en su residencia de ancianos o trastero familiar, el adolescente en su sombra de litrona y pegamín (que flipa), la madre y la hija, en su curiosidad cocinera y crítica, el padre en su silencio hipócrita y rumano de estos días, todos esperan, esperamos a ver cuánto va a salir por las televisiones, que ya son plurales. 

Guerra de emisoras, guerra de cuerpos, un cruento y alegre fragor de carne joven. No sabemos, no sabe uno si Angela Cavagna tiene más o menos que Sabrina, o si sabe abandonarlo también a un dulce desvarío que Pilar Miró ralentizó con una ternura inolvidable y una comprensión muy suya de este eterno adolescente ávido que es el hombre. Por la teta de Sabrina pueden perdonársete todos tus pecados y lencerías, Pilar. 

A Dios lo que es de Dios (o sea todo lo que se multivende en El Corte Inglés), el oro de la fe, el incienso de la oración, la mirra de la devoción. Y al cuerpo lo que es del cuerpo. Ritos y ritmos de la tribu entre la aldea planetaria de McLuhan y los tristes trópicos de Levi-Strauss. No somos sino un triste trópico con ibeemes y codorniú, y necesitamos sacrificar una virgen (de alquiler) con la última luna del año, entre regalos «Girard" y cadáveres exquisitos, que en 1989 ha sido Samuel Beckett. Como España es un país que funciona por parejas, un bipartidismo natural, de la Peña Joselito al Madrid/Atlético, el cuerpo a cuerpo (y qué cuerpos) Cavagna/Sabrina potencia a la una con la competitividad dúplice de la otra, y aquí sí que ve uno, más allá de la purpurina, el champán y el alud de los ángeles, a este pueblo de palabrones, desgalgadores y desjarretavírgenes. 

O sea que ahora estamos en lo nuestro y esta madrugada va a ser la pelea de gallos hembra. «Corral de muertos», nos llamó Unamuno. Corral de gallos y gallinas que, por encima de esos muertos, se disputan la sangre y el sexo que espesan el aire. Esto es lo que se llama pasarlo bien. 

Dos jais mundiales y la sombra carmín y pecado de Madonna, que también ronda los cielos parabólicos de la tele. Habló el poeta-francés de «el instante de un seno entre dos camisas». Eso es lo que vamos a ver, el instante de un seno entre dos contraplanos, pero la tecnología, la unanimidad y la distancia hacen sagrado y tribal ese seno, aun cuando tengamos ya la vida guateada de senos femeninos. Fukuyama es lineal y se equivoca con su final de la Historia. Esto es más bien el retorno del Eterno Retorno, la prehistoria estereofonificada por philis. ¿Y quién de las dos va a sacar más material y mover mejor el taller para este civilizado rebaño de sarampioneros?.

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