11 diciembre 2015

En la limitación se encuentra la felicidad

Como muchos de ustedes saben, Schopenhauer escribió en Parerga y Paralipomenena una definición perfecta de la felicidad cuando dijo «Limitarse es hacerse feliz». Una frase rotunda que entra dentro del terreno del epicúreo y, por tanto, de la plena sabiduria humana. En la limitación se encuentra, pues, el meollo de todo.

Ahora bien, el quid de la cuestión radica en el límite. ¿Dónde ponerlo para alcanzar la felicidad? Habrá quien, sin tener nada, será feliz de la misma manera que existe gente que, aún teniéndolo todo, se sienten unos perfectos desgraciados.

Bueno sería aplicar el axioma de Schopenhauer a nuestra vida política. Vemos constantemente como nuestros egregios representantes padecen una avidez tremenda, todo les parece poco y, naturalmente, cuando no lo alcanzan se sienten unos fracasados. Ignoran que los que hoy están arriba serán los que mañana tengan que aguantarse abajo. De la provisionalidad de un cargo electo pretenden hacer una canonjía vitalicia y, cuando ven que tal cosa es imposible, se rebelan y conviértense en seres ásperos, montaraces, agrios e incluso brutales.

Vengo pensando hace tiempo que, para ser feliz en política, se debería partir del mismo punto en todos los casos, a saber, que el ejercicio de cualquier cargo es algo tan efímero como lo es la propia vida humana y que sin humildad no hay manera de salir indemne de ese espinoso bosque que venimos en llamar Parlamento. Lo mismo sirve para la gente que ejercemos la crónica política, con nuestras ideas y nuestras manías. 

Si pretendemos alcanzar el Olimpo, acabaremos fatalmente siendo unos desgraciados. Las más de las razones que se esgrimen en nuestra vida pública surgen del desengaño, del odio cainita o de la mentira interesada. ¿A qué, pues, emponzoñarse el alma si todo es una pésima broma?

Limitación en lo que se pretende, aceptación de las adversidades con la sonrisa del sabio que ha aprendido que entre las ideas y el dinero siempre acaba triunfando el último. Y paciencia, mucha paciencia. Sólo así se puede vivir con una cierta calma viendo las barbaridades que se están cometiendo en nombre del pueblo y de Cataluña por éstos o por aquellos. Y, sobretodo, saber que la condición humana suele ser miserable a la que hay algo de poder en juego.

Con ésto, Schopenhauer y una buena calefacción creo que sobreviviremos a la campaña electoral sin demasiados daños personales.

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