21 junio 2017

El teatro no le gusta a los jóvenes

Robert Lepage lleva peluca. ¿Ven ese flequillo rebelde? Es un pelucón. Lepage no es que no tenga un pelo de tonto: es que a los cinco años todo vello abandonó su cuerpo. Para no volver. Ni cejas, ni pestañas.

De niño, por supuesto, fue un infierno. Pero Lepage (Montreal, 1957) hizo de su cárcel su libertad. Educó su mirada. Se convirtió, voilá, en referencia en el teatro mundial. Y aún ahora, triunfal a los 50 años, sigue bajo su peluca. ¿Por qué? «Eso es un misterio», contesta él. Y sonríe.

El misterio -«Todo mi trabajo parte de lo que no entiendo»- lo es casi todo para el actor, director, dramaturgo y lo que toque Lepage, de los pocos capaces de trasladar, hoy, la sensibilidad moderna a un escenario. Porque son las mutaciones de un mundo en explosión permanente las que llenan obras como La cara oculta de la luna o The Andersen project, auténticos poemas visuales de tecnologizada hondura.

Lepage, en viaje eterno cual Ulises con sus shows a cuestas, recibió el pasado domingo en Tesalónica, cerca del Olimpo, a tiro de piedra de Samotracia, el XI Premio Europa de Teatro, un galardón de la UE que se postula para convertirse, en unos años, en un Nobel de la escena.

La mezcla, Lepage y la Antigua Grecia, fue pertinente: el canadiense es pura encrucijada y su compañía, Ex Machina, una torre de Babel de lenguas y hasta profesiones (informáticos, actores, artistas plásticos...). Más: Lepage lo mismo utiliza internet que evoca a Pina Bausch y Arianne Moushkine, igual se vale de las tradiciones orientales que reivindica el Barroco -«un tiempo que nos explica muy bien cómo somos hoy: era todo ambigüedad», dice-.

Cuando empezó a moverse por escenarios, en los 70, «había visto pocas obras de teatro, y no me gustaban. El cine es más influyente para mí». De alguna forma, lo mismo que puede suceder hoy: «Los jóvenes odian el teatro, les parece lento. Quieren emoción y hay que dársela».

Ésta es la crónica del paso de Lepage, un heterodoxo como se ve, por Tesalónica, una de las ciudades más antiguas de Europa y otro interesante cruce de caminos, de pasado heleno, bizantino, macedonio, normando, turco, judío y, finalmente, griego.

Se levanta el telón y Lepage está tirado en el suelo. Estamos en el Royal Theatre de Tesalónica y vamos a ver un fragmento de tres minutos (pero qué tres minutos) de La cara oculta de la luna.

Lepage yace en el suelo, echado en una fila de butacas también volcada. Una cámara (invisible) le apunta cenitalmente desde el techo, y el resultado se proyecta, enorme, en el fondo del escenario. Ha conseguido que el público, mirando a la pantalla, se crea situado en realidad en el techo del escenario. Lepage rueda levemente por el suelo, y en la pantalla parece que comienza a flotar sobre las butacas. Y levita, y levita, y le acompaña la sonata Patética de Beethoven, y el vacío le va succionando hacia arriba, y casi ya desaparece Lepage de la pantalla pero se resiste, se resiste... Y ahí está todo: el hombre contra el destino; el ser y la levedad. Y, cuando termina, el patio de butacas es un aullido.

«Comienzo con algo que no entiendo. Por ejemplo, Hiroshima. No tengo ni idea de qué pasó allí más allá de la bomba, pero me es sugerente. O la ciencia, que me parece pura poesía. La historia surge después. Los personajes son lo último. El enigma es lo primero», se explica tras la representación.

«El teatro es un proceso de conocimiento. Conocimiento y transformación. Yo entiendo el teatro como un espejo, pero también un martillo. Hoy, muchas obras son puro escapismo. Le prometen a la gente: 'Te vamos a llevar a otro lugar'. Y la gente quiere que le hablen de sí misma, pero de cómo mejorar sus vidas. No es sólo hablar de sus preocupaciones: es ayudarles a transformarlas. Opino que, en teatro, si no hay transformación no hay atractivo». Telón.

De pequeño, Lepage estaba obsesionado por la geografía y los mapas. Hoy los recorre, y no sólo físicamente: «Si quieres una audiencia global, un lenguaje global, tienes que tratar temas muy locales. En Occidente, un árbol se entiende que crece hacia arriba, con sus ramas hacia el cielo. En Oriente es al revés: crece hacia abajo, lo que importa son sus raíces. Es una buena metáfora de lo que quiero que sea mi teatro».

Nos metemos en su cocina de La Caserna, el laboratorio escénico en el que condimenta sus ideas, rodeado de «gente que a veces se pasa semanas sin mover un dedo, mirándome con cara aburrida, pero luego se pone en marcha a partir de un click que no se sabe de dónde sale, y ya no para».

Lepage aplica conceptos setenteros a sus visiones: «Creo en la creación colectiva. Todos mis actores aportan. Y también los técnicos, por cierto. Aunque de un tiempo a esta parte, voy quitando cada vez más aparatos: la gente cada vez ve la tecnología más distante, más aburrida», cuenta el artista, que predica con el ejemplo: hace dos semanas presentó en Tenerife dos horas de un work in progress, titulado Lipsynch, que llegará a durar cinco y que se nutre de aportaciones de decenas de actores.

Él y pocos más hacen frente, desde el evidentemente anticuado formato del teatro, a los casi invencibles enemigos: «La gente es hoy muy individualista, elige lo que quiere ver y lo que no, tiene toda la información, ya no hay manera de engañarles... Pero en el cine, por ejemplo, no se puede interactuar. Al volver, no recuerdas si la gente se reía o no, si había mucha... En el teatro eso no sucede: la interacción importa. Yo soy optimista. Después de una guerra, lo primero que se reconstruye es el teatro del pueblo, y es porque la gente necesita sentir que está junto a otros. Teatro es comunicación, pero más todavía que eso: es comunión. En el cine, uno se siente solo. Tenemos que aprovechar eso», hila del tirón Lepage.

Pero, después de la andanada al contrario, el mea culpa: «Desde hace demasiado tiempo encontramos en el teatro ejercicios muy narcisistas, muy masturbatorios. Siento que mucha gente se va en demasiadas ocasiones del teatro sin haber sentido emoción. ¡El sexo no es lo mismo si uno no siente nada! Ves a los actores en el escenario sintiendo algo, y en el patio de butacas no pasa nada. Cuando el teatro se pone abstracto y no cuenta una historia, pierde su sentido. Tengo un ejemplo muy claro en Europa: hace años, el Festival de Aviñón era un encuentro de los teatreros con el público. Ahora, es de los teatreros con los críticos. Algo va mal».

Su teatro jamás ha sido político (en el sentido reivindicativo), pero Lepage se ha posicionado siempre a favor de la independencia de Quebec respecto de Canadá y en Tesalónica, al recibir un premio de «la madre Europa», reflexionó en voz alta: «No soy separatista, ni soberanista, pero Canadá, sólo 33 millones de personas en el espacio de Rusia, sigue plácidamente sentada en una realidad colonial. ¡Si hasta Isabel II aparece en nuestra moneda y ya no es nuestra reina! La UE me parece una gran idea. Un proyecto loco vista la Historia, desde luego, pero un proyecto entusiasta y vital, valiente. Europa es un gran modelo hacia el que tender, pero tenemos miedo a cortar con el pasado. Somos un país muy joven con una visión muy antigua de cómo vivir», explicó.

Pero Lepage también tiene, cómo no, sus críticos. Que tildan, por ejemplo, de artificiosa su propensión a poner casi todo el peso de su expresión en la imagen: «Sí, muchas veces la imagen o el abuso de tecnología ha eclipsado lo que intento contar. No soy un héroe. Tengo que darme oportunidades para equivocarme. Pero también debo hacer lo que los maestros de la música: seguir tocando, seguir tocando y un día las musas llegan. Por otro lado, veo que cada vez me intereso más por los textos, pero no pierdo de vista que el texto no deja de ser una mentira cuando no tiene algo que decir».

Arrastrados vamos hacia nuestro pasado. Se explicaba Lepage al auditorio un día antes de recoger el premio, y alguien vino a preguntarle indirectamente, mira por dónde, por la dichosa peluca y su infancia: «Bueno, no quiero hacer bandera de ello, pero la soledad y la tristeza es de dónde vengo, eso está claro. Hay quien rentabiliza más los temas políticos... Tuve la suerte de que en Quebec te obligan desde pequeño a dar clase de arte. Yo prefería el teatro a la música o la pintura porque ahí me escondía en el grupo, y así llegué aquí», comenzó, para entrar a matar: «Creo que tengo ahora, a los 50, la infancia que nunca tuve, aunque aún no podría hacer teatro para niños, son demasiado crueles. Desde pequeño sé que el hombre no es tolerante. Pero los deseos fuertes son lo que nos construye».

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