Juan Marsé y la puta distinguida

Está en pie, con media mano izquierda en el bolsillo de su pantalón vaquero y una impaciencia de pájaro en la derecha, como de no saber dónde posarse. Aunque el pelo blanco se empeña en ofrecerle ya un aire de seriedad pacífica, en los ojos sigue manteniendo el mismo centelleo de juventud que a los veinte años y es muy normal que le aparezca la picardía tenue, astuta, de una sonrisa en los labios. Hay algunas sonrisas que brotan como travesuras en medio de las conversaciones, sobre todo cuando su dueño es de pocas palabras y utiliza el silencio para dar en el clavo. El silencio de Juan Marsé suele ir hacia su blanco con la seguridad de una flecha bien lanzada, cruza el aire y busca la fruta sin poner en peligro la cabeza de sus amigos. 


Le gusta escuchar, está escuchando, siempre está escuchando. Su silencio esconde también un cuaderno de notas y una ausencia natural de pedantería, sin falsas modestias, que le permite estar abierto a todas horas, en cualquier sitio, ante cualquier tipo de gente. El cuenta que aprendió a escuchar en el sótano que Jaime Gil de Biedma tenía en el número 518 de la calle Muntaner, allá por 1960, antes de marcharse a París, cuando Seix Barral preparaba la edición de su primera novela. Se recuerda en muchas madrugadas de aquel sótano, envuelto en las conversaciones espectaculares de Gabriel Ferrater, de Carlos Barral, de Jaime Gil de Biedma, escuchando, siempre escuchando, mientras todos empuñaban el vaso de ginebra a la altura del corazón y se inventaban sobre la marcha la poca sabiduría que les faltaba por poseer. Pero basta con verlo caminar y saludar a alguien, un amigo de verdad o un recién llegado, para que nos demos cuenta de que Juan Marsé aprendió a escuchar antes, de un modo más real y nutritivo, tal vez en la mesa del taller de relojería donde trabajó, tal vez en las calles de su barrio. Juan Marsé se pone a escuchar de la misma manera que lo hacen las ciudades, con un oído baqueteado y múltiple, a ras de tierra, oído de muchacho pudoroso y de gamberro, de pistolero y de comisario de policía, de vencedor y de superviviente. 

Y, como las ciudades, ve venir a una multitud de posibles protagonistas que bajan todas las mañanas de sus casas, gente dispuesta a guardar sus secretos y a convivir con la historia de sus propios sentimientos, gente arrastrada por el torbellino de los sueños y la necesidad. El novelista pone entonces el dedo en el gatillo, hace funcionar su arma con la tranquilidad minuciosa de un artesano y deja que los disparos retumben por las galerías de la memoria. «Los sueños juveniles se corrompen en boca de los adultos», escribe en su última novela; El embrujo de Shanghai. 

Existen mil razones humanas y literarias para admirar a Juan Marsé, pero yo me quedo en esta ocasión con dos: aunque conoce el vacío de los sueños, sabe mostrarse considerado con los soñadores; aunque conoce los límites del realismo, en ningún momento quiere negar la realidad. Marsé tiene conciencia de que la vida se mueve con sus propias leyes, de que en cualquier momento el destino suele descubrir la soledad de Ios abandonados; cuando los sueños forman parte de una época en la que fuimos capaces de imaginamos el consuelo lejano de la felicidad, el desencanto no puede ser cruel, no tiene efectos retroactivos.

Marsé sigue mostrándose considerado con los soñadores, sobre todo cuando sus protagonistas están en edad de merecerse un primer deslumbramiento. Los niños aprenden a imaginar sin alejarse, pegados a la historia dé sus familias y de su ciudad, aventurándose en el juego de una mitología cercana. Un reaparecido, alguien que vuelve después de algunos años de silencio, basta para poner en marcha el mecanismo de la fascinación. 

No importa que más tarde los héroes se degraden, que se muestren vulnerables a la luz del día; por un momento sirvieron para animar ese rescoldo de sentimientos y esperanzas que cualquier ser humano necesita en la humilde rutina de su supervivencia. La sonrisa de Juan Marsé, que aparece como una travesura en medio de las conversaciones, tiene un doble significado: conoce el castillo de naipes, la fragilidad de lo que le están contando, pero comprende el deseo legítimo de contar y de soñar. De ahí que se ponga a escribir como quien regresa a una ciudad después de mucho tiempo, con ganas de reconocerse, con voluntad de recuperar ese momento en el que los sueños tuvieron sentido, más allá de los hechos posteriores, más allá de la boca de los adultos. 

A propósito de El embrujo de Shanghai, Juan Marsé ha declarado que es un realista sin posible remedio, un realista metido en sueños. Dejando a un lado la calidad incuestionable de sus obras, la novela española contemporánea tiene mucho que agradecerle por la coherencia de su evolución y la silenciosa dificultad de sus elecciones. En un momento donde las recetas del realismo social no podían esconder ya las cicatrices de un esquematismo poco creativo, era fácil abandonarse en los experimentos estéticos, en la retórica culturalista, en la novela de moda y actualidad literaria. Marsé cogió el toro por los cuernos y buscó las soluciones dentro del propio realismo, preocupado sólo por el impulso de contar y seducir. Nunca procuró inventar palabras, retorcer el lenguaje, pelearse con los signos de puntuación, confundir la calidad con la pedantería o el aburrimiento. Supo, a fuerza de escuchar, que la apuesta de la literatura está precisamente en la oportunidad de convencer a quien escucha, a quien lee, a quien necesita creerse que Shanghai es más que una palabra, más que una ciudad, porque ha llegado un extranjero para cumplir una misión y el futuro depende del acierto de sus decisiones. 

Juan Marsé es dueño de una ciudad y de una literatura, encuentra en el tejido social de su memoria, en las tabernas y las pensiones, por detrás de las ventanas.y por debajo de la sábanas, lo que difícilmente suele encontrarse en los discursos oficiales de los políticos: la manera de ser de unas gentes, las razones de un pueblo, la verdad sumergida de unas costumbres y unas esperanzas, abandonadas casi siempre a su propio proceso de destrucción, como una flor cortada en un vaso de agua. Juan Marsé, con su chaqueta de pana y la mitad de su mano izquierda metida en el bolsillo del pantalón vaquero, pertenece a esa estirpe de novelistas que son capaces de devolvernos un olvidado amor por la vida. Respeto cívico para la gente que sueña, para la gente que ha dejado de soñar.

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