Compra que todavía queda!

Y llegó el mes de diciembre y con él un suplemento de dinero dado, con el implícito reproche empresarial de dadivosa limosna, y con él una serie abierta de posibilidades adscritas al deseo de comprar una suma de libros que, desde hacía tiempo, tenía ganas de leer. Andando, paseó pór un barrio lleno de torres ajardinadas y se dirigió a una de esas grandes superficies donde, en debidos espacios, se alinean tarros de foie y cerveza importada junto a rutilantes cubiertas de libros y estantes llenos de discos donde fotografías de estrellas rock agotan las finitas posturas contorsionistas del cuerpo humano. Le costó encontrar lo que buscaba. El espacio dedicado a libros presentaba un aspecto nuevo: Enmarcando los tomos, por encima de las estanterías, guirnaldas rojas que sostenían piñas y bolitas de colores. Venía provisto de una lista muy definida de títulos. A saber: Iluminaciones IV de Walter Benjamín que un amigo suyo, de aficiones filosóficas le había recomendando; el segundo tomo, recientemente aparecido, de El libro de las preguntas de Edmond Jabés; un libro de relatos de una autora rusa Tatiana Tolstoi para su novia; El jinete polaco de Antonio Muñoz Molina, reciente Premio Planeta y, sobre todo, Los últimos días de la Humanidad de Karl Kraus, de quien siempre le había gustado su estilo, entre panfletario y apocalíptico. Rastreó entre todas aquellas pilas de libros envueltos en celofán a la busca de sus tesoros. El tomo de Muñoz Molina fue fácil de encontrar. El libro de las preguntas yacía apretujado entre libros de arte en inglés, rebajados, y una torre de volúmenes de Lo que el viento se llevó.


La autora le pareció desconocida. Llevaba ya su buena media hora buscando los tres libros que le restaban cuando agotado, con un incipiente dolor de cabeza, se dio por vencido. Reconocía que debería dejarse llevar, a la hora de elegir algún libro, por el aspecto de la cubierta o por otros signos que, por ahora, no se le hacían conscientes. Con un enorme esfuerzo de voluntad decidió tomar el metro y dirigirse a una librería tradicional. Echó una cala a los libros comprados durante el trayecto. El de Jabés le pareció, en aquel ambiente de aire enrarecido, premonitorio, casi cabalístico. Más tarde, al llegar a la librería, comprobó que el viaje había merecido la pena. Cinco minutos tardó en ser atendido de manera satisfactoria y, además, esto fuera de presupuesto, encontró un volumen de cuentos que creía irrecuperable aunque su edición no se remontaba más allá de diez años. Contento, comenzó a echar en falta la tensión que le producía la gran superficie dejada atrás una hora antes. Reconoció que reflejaba muy bien el microcosmos de su barrio y que la alineación de los libros al lado de las latas de cerveza importadas era un signo de la cultura democrática, la realización de aquel sueño por el que habían luchado aquellos sindicalistas ingleses de principios de siglo cuando fundaron las bibliotecas ambulantes: llevar la cultura universal al pueblo.

Pensó que, a partir de ahora, tendría que dirigirse a la librería en metro para poder comprar los libros que le gustaban o le recomendaban. Hecho éste que se le antojó lleno de dificultades. La larga duración del desplazamiento le impelía a aplazar la decisión última de abandonar definitivamente la gran superficie. En definitiva, ¿por qué tanta tensión?, ¿qué había hecho él de malo? Al fin y al cabo sólo había querido comprar los libros que le gustaban, aunque fuera Navidad y, por razones geográficas, sólo tenía una gran superficie a mano. Como un postrero gesto de culpabilidad difusa trasladó los últimos libros adquiridos a la bolsa donde reposaban los comprados en la gran superficie y, con paso ligero, hacía ya frío, se encaminó a su casa.

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