08 mayo 2018

Tradición o dinero

La autocracia en la que ha vivido permanentemente el rugby, aceptada de buen grado por todo el mundo hasta el día de hoy, ha generado una peculiaridad en el gobierno de este juego que hoy está en plena revisión: la conservación del estatus de amateurismo de sus actores. Este amateurismo es sólo de palabra cuando se le contrasta con la dura realidad. El reglamento del juego dice, a continuación de los objetivos del mismo: «El rugby es un juego amateur. Nadie está autorizado a solicitar o recibir pago u otra recompensa material por tomar parte en el mismo». Pero este párrafo, aunque mantenga su vigencia teórica, fue escrito hace muchas décadas, cuando el mundo no presentaba tantas tentaciones como hoy para los deportistas de élite, cuando las empresas comerciales no veían como un excelente escaparate para vender sus productos a los famosos del deporte, cuando la televisión no existía. Hoy, para mantener en alto esa bandera casi «naif» del amateurismo, los directivos deben hacer uso de una ética más distendida.


En estos días Australia acaba de completar una gira de un mes por Canadá y Francia, mientras que Nueva Zelanda sigue adelante con la suya de 45 días en Gran Bretaña. ¿Qué deportista amateur puede dejar su actividad por tanto tiempo sin perjuicios? Muy pocos, y esos pocos de una forma muy especial. En un reportaje publicado recientemente en el periódico inglés The Guardian se leía: «La temporada local en Nueva Zelanda terminó hace quince días pero el jugador Gallagher se tomó un año de excedencia sin sueldo en su trabajo como policía en Wellington para afrontar las demandas del rugby internacional». «En Nueva Zelanda -agregaba el propio jugador- la temporada comienza cada año más pronto, y hay muchísima competitivad y presión que hacen que tengas que estar a tope todo el tiempo». Luego añadía, «me rompí el tobillo en 1985 jugando para el Wellington y perdí seis meses». Unos lujos que no están al alcance de un deportista amateur. Pero los directivos, que son quienes pregonan y sostienen el concepto de amateurismo dentro del juego, son también quienes crean cada vez más obligaciones a los jugadores. Aunque, en realidad, no son ellos sino la corriente cada vez más torrentosa por donde navega el deporte en nuestra sociedad de consumo, pero ellos la aceptan. No tiene sentido que un actor de un espectáculo que reúne a cincuenta o sesenta mil espectadores que pagan por presenciarlo sea recompensado con una cerveza y un apretón de manos.

Esa es la realidad, aunque no estemos dispuestos a verla. Los mejores jugadores de las potencias de este juego son tentados por las grandes empresas para ocupar un puesto en ellas, todo el mundo sabe que en Francia e Italia los grandes nombres reciben dinero o prebendas valiosas, aunque uno no sea tan ingenuo como para afirmar que es cierto (o que es mentira); uno solamente puede afirmar, como -los políticos, «ni sí ni no, sino todo lo contrario». Cuando uno se entera que cerca de la mitad de los jugadores de élite en Francia son funcionarios públicos, empleados de los ayuntamientos en los pueblos para cuyos equipos juegan y que el famoso Herrero, entrenador del último subcampeón de Francia, el Toulon, declaró en Madrid a quien quisiera oirle que en su equipo el sólo quiere «jugadores profesionales porque tiene que trabajar varias horas con ellos», comienza a no creer en ese amateurismo.

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